LA FINALMENTE COMÚN HISTORIA DE AMOR DE MAITE Y PACO
En casa de Maite y Paco no se veía la tele, simplemente porque no tenían. Ambos se consideraban alternativos, esto significa que harían cualquier cosa por ser diferentes al resto de la humanidad. En esa rebeldía de ir a contracorriente, está el no tener televisión. Es raro y debería costar imaginarnos un salón sin televisión, pero así era, por la noche cuando los dos terminaban de cenar y se sentaban en el sofá, leían libros, hablaban, algunas noches escuchaban un poco la radio, tenemos que imaginar también que cuando apagaban la luz, no veían su rostro a contraluz, que cuando hablaban no había un murmullo inútil acompañándolos, era un ambiente distinto.
El hecho de haber modificado su visión de la vida en la intimidad, de una manera o de otra también modificaba su vida personal e incluso laboral. Son tiempos de televisión, de imagen en movimiento, en mayor medida movimiento generado por los demás y no por uno mismo, si algo caracteriza a la sociedad de ahora es por la televisión y por el sedentarismo. En el trabajo cuando la gente hablaba del último programa de éxito ellos no podían opinar, cuando se hablaba de cualquier serie ninguno de ellos podía seguir la conversación, eso sin contar con los comentarios de partidos de futbol, formula uno, o cualquier otro deporte, utilizando jerga periodística, estaban siempre en fuera de juego.
Cuando alguien hablaba de televisión, simplemente callaban, aunque en la mayoría de las ocasiones abandonaban la tertulia y volvían a sus puestos de trabajo, esta actitud revelaba cierto aire de incomprendidos, de marginales, y esta actitud no pasaba desapercibida por sus seres cercanos, pues eso pensaban de ellos.
Maite y Paco llevaban siete años viviendo juntos, tenían los gustos parecidos, aunque a decir verdad fue Paco el que fue inculcando a Maite el estilo de vida alternativo, una forma de vida diferente, Maite por amor o porque en realidad se sentía identificada con estos ideales fue adaptándose a las costumbres de Paco.
Una mañana en la que decidieron no ir a trabajar, tumbados en la cama, la conversación fue la siguiente:
-Entonces como lo hacemos – dijo Maite, necesitamos un hombre guapo, ¿no?
-Así es, mi nariz es horrible, y mis labios muy finos, necesitamos una cara amable, de rasgos hermosos para que nuestro hijo salga lo más guapo posible
-Tengo un compañero de trabajo que quizá te guste, si quieres mañana quedamos con él y le conoces – dijo Maite
Al día siguiente quedaron con Fernando el compañero de Maite, la conversación fue la siguiente:
-Mi pareja y yo queremos tener un hijo, pero no nos gustan los rasgos que tiene Paco, tu cara es agradable, eres muy guapo, ¿te importaría dejarme embarazada?
-No, claro que no, eso sí, tenemos que hacerlo bien, tendréis que firmarme un documento notarial el cual indique que no me pediréis ningún tipo de responsabilidad una vez que os haga este favor
-Claro, cuenta con ello – dijo Paco.
-Sí, por supuesto, entonces ¿no te importa? – dijo Maite.
-No, cuando lo hacemos – contesto Fernando.
Maite y Fernando quedaron al día siguiente, se acostaron esa misma tarde, después de comer, practicaron sexo durante horas.
De madrugada Maite entró en casa, Paco la esperaba en el salón, aquel salón sin televisión, por lo que el silencio era algo que se podía tocar. La conversación fue la siguiente:
-¿Qué tal ha ido? – dijo Paco.
-Bien, se ha corrido como unas cinco veces, yo creo que habrá sido suficiente
-SÍ, espero que sí, ya verás que hijo más guapo vamos a tener, hay que buscarle un nombre bonito, y ya sé que es pronto para hablar de esto, pero este hijo nuestro tiene que ser el abanderado de nuestros ideales, y por lo tanto habrá que ir inculcándole nuestros valores desde muy pequeño, ¿estás de acuerdo? – dijo Paco.
-Sí, claro que si amor mío –dijo Maite.
Una o las cinco corridas que Maite albergó en sus entrañas cumplieron su cometido, pues se quedó embarazada.
De mutuo acuerdo decidieron dejar sus trabajos e irse a vivir al campo, la madre de Maite tenía una casa en un pueblecito cerca de la costa, allí se establecieron.
Como no podía ser de otra manera la tripita de Maite fue haciéndose cada vez más grande, pero no tomaba una forma redonda, como es habitual, sino cuadrada, esta circunstancia ennobleció a la vez que ilusionó a los futuros padres, pues pensaban que ya desde el vientre materno, el pequeño iba a contracorriente, no era igual que el resto de seres humanos.
Todo fue diferente en este embarazo, duró doce meses, y la criatura nació en su propia casa, no hizo falta cortar el cordón umbilical ya que el propio bebe nada más salir lo quitó con sus propias manos.
El niño era precioso, no tenía la nariz ni los labios de su padre, un digno ejemplo de belleza.
A los pocos meses Maite y Paco se dejaron, ella se cansó de las doctrinas alternativas y de él, una noche cogió a su hijo y se volvió a la ciudad con sus padres.
Paco se quedó solo, la vio salir por la puerta, él pensaba en su hijo, y en que aunque uno quiera ir a contracorriente, alejarse de las modas, del camino habitual, hay cosas que uno no decide por sí mismo. En su caso se había separado, algo común, algo que a todo el mundo le puede pasar, esta vez tuvo que ser uno más.
La finalmente común historia de amor de Maite y Paco - Relato 26
Amorirdos - Relato 25
AMORIRDOS
Santiago pensaba que nunca dejaría a Maria Lola. Hacía tiempo que había decidido vivir el amor de una manera diferente, de forma que el amor no le produjera ningún daño. Podía ser cobarde su postura, pero pensaba que era mejor así. Santiago quería a Maria Lola, la quería y la respetaba, y sentía amor por ella. Quizá no el amor pasional que vive un quinceañero, quizá otro tipo de amor. Un amor racional y sensato, del cual nunca saldría perjudicado. Pensaba que si todo el mundo trata de hacer las cosas sencillas, y llevar una vida sin complicaciones, no tendría porque ser distinto en cuestiones de amor.
Maria Lola tenía treinta y cuatro años, uno más que Santiago. Llevaban casados cuatro años, mas dos años de noviazgo, en todo ese tiempo él había podido prescindir de ella. A él le gustaba pasar el tiempo a su lado, y en el momento en que la conoció, supo que era la mujer de su vida, pero no fue amor a primera vista, tampoco se enamoro de ella ciegamente, simplemente decidió María Lola debía ser la mujer de su vida. Dejó los sentimientos a un lado para hacer caso a la razón. Al principio de conocerla, la ilusión imperaba y ahí claro que los sentimientos lo eran todo, pero a medida que se iban conociendo, él se daba cuenta de que no tenían mucho en común, que casi no tenían los mismo gustos, fue el momento en que los sentimientos casi desaparecieron, o por lo menos dejaron de ser importantes para Santiago, y pensó que si él había decidido que Maria Lola era la mujer de su vida, no había ninguna razón para dejarla, se había decidido y llevaría su decisión hasta las ultimas consecuencias. Quería quererla, y con eso bastaba. Y cuando pensaba que no la quería con el corazón, se decía así mismo que el corazón no quiere, ¡que tendrá que ver el corazón!, pensaba. Sin embargo Maria Lola amaba a Santiago. Y sufría cuando no estaba a su lado, por las mañanas se levantaba pensando en él, y deseaba verlo y abrazarlo.
Fue ella la que, con su insistencia en quedar cada fin de semana, había fortalecido la relación.
Un tarde, Santiago habló con su amigo German sobre su relación en los tiempos en que Maria Lola y el eran novios.
-¿pero como lo haces?, ¿no te cansas?, ¿Cómo puedes estar con una chica tan distinta a ti? –le decía German.
-Ni pensarlo –le decía el-. Maria Lola es todo lo que se le puede pedir a una mujer, es sensata, no me complica la vida, es sencilla, no me da celos, llevo dos años de noviazgo y todavía no he sufrido ni un día. Dime, conoces a alguien que no haya sufrido por amor, que no haya pasado una mala noche con dolor de tripa por que su novia se ha marchado con sus amigas. El amor cuando te atrapa es muy malo, te aprieta el corazón y deseas estar siempre con esa persona, si se va quieres estar con ella, y si no esta contigo no estas bien, te falta algo. Eso es amor nocivo. Yo he decidido vivir el amor de otra manera, yo no sufro por amor, yo vivo el amor de manera racional, no tengo porque sufrir.
-Tu no estas enamorado –le decía muy ofendido su amigo-. Yo no entiendo el amor sin tener al menos en algún momento una pizquita de celos, como tampoco entiendo el amor sin sufrimiento. El amor es sufrimiento, eso es lo bonito. Cuando tu pareja no esta contigo, querer estar con ella, desearla…y tener celos si se va una noche de juerga con sus amigas.
-No hay porque sufrir, eso es todo. Antes de salir con Maria Lola tuve una novia, y cada vez que me despedía de ella la vida no tenia sentido. Solo era feliz cuando estaba a su lado, me llegué a desmerecer como persona, pensaba que la vida sin ella no tenia sentido. Ella se cansó de mi, y conocí el peor dolor que hasta ahora he conocido. Pasó un año y volví a enamorarme, cuando llevaba una semana saliendo con aquella chica, una noche la llamé y la dije que no quería volver a verla, ella se quedo destrozada y yo pasé momentos muy malos, pero me vi en la misma situación que hacia un año, y sabia que iba a sufrir, no tenia porque sufrir. Después conocí a Maria Lola, y con ella todo es diferente, quiero que sea la mujer de mi vida, y lo será, es amor consentido lo que siento por ella, amor racional.
-Tu no estas enamorado –le volvió a repetir German.
Y puede que en parte German tuviera razón, o puede que no. De cualquier manera, escuchando hablar a Santiago sobre su relación se podría pensar que lo suyo no era amor, que era simple costumbre, o cariño, pero no amor.
Santiago era un hombre gordo, no era muy alto así que la gordura se le notaba aun más. Su mujer Maria Lola siempre le estaba pidiendo que adelgazara.
La tarde del diecinueve de julio Maria Lola y Santiago estaban sentados en el sofá del salón, viendo la tele él, ella leyendo un libro.
Maria Lola dejó el libro, y al cabo miró a su marido.
-¿estas a dieta o algo?
-No, me has puesto tú a dieta –dijo el marido con desgana.
-No, es que te veo mala cara, por eso te pregunto
-Que va, ¿de verdad me ves mala cara? –preguntó tocándose las mejillas con las dos manos.
-Si, además te veo mas delgado
Santiago no seguía ningún régimen, pero había pasado un mes desde que su mujer le había notado mala cara, y seguía perdiendo peso.
-no puedes seguir, así, a ti las preocupaciones nunca te han hecho adelgazar, eso suponiendo que tengas preocupaciones, tampoco sigues ninguna dieta, comes y cenas conmigo y además en abundancia, y cada día estas mas delgado – le decía Maria Lola casi cada día.
-No se, mujer, a lo mejor me ha cambiado el metabolismo –respondía él sin mucha fe.
Pero Santiago seguía adelgazando y nadie sabía explicarse el motivo, nadie menos Santiago que casi intuía lo que le estaba sucediendo. Una tarde quedó con su amigo German. Y mientras paseaban por el retiro hablaron.
-tengo que contarte algo, pero no se si debo –dijo Santiago.
-Venga, nos conocemos desde el colegio, ahora te va a dar vergüenza contarme algo – German hizo una pausa, después prosiguió-. Oye te veo mas delgado, ¿Qué régimen sigues? –dijo, y después soltó una gran carcajada.
-El del amor –dijo Santiago con seriedad.
-Ah, ya veo, así que tú y María Lola le dais mucho al sexo, ¡que bribón, quien lo diría!, yo con Susana apenas lo pruebo chico…
-No me refiero a eso, pero porque tienes que ser así –dijo Santiago sin dejar terminar a German sus palabras.
Ambos caminaban despacio, la tarde se cerraba, y la noche estaba a punto de salir, el parque del retiro cambiaba de aspecto, y las familias y los niños iban desapareciendo para dejar a su paso a parejas de jóvenes que se sentaban en bancos a procurarse caricias y besos.
German entendió que lo que Santiago quería contarle era un tema serio, y dejó de hacer bromas para escucharle.
-hace unos tres meses que Silvia entró en a trabajar en mi oficina. Nada mas verla me enamoré, no sé cómo explicarlo pero eso se nota, hacia años que no me fijaba en una mujer y ella de la noche a la mañana acaparaba toda mi atención –Santiago hizo una pausa y miró a la cara a German.- Tranquilo, no he sido infiel a María Lola, nunca la haría daño – dijo al ver la cara de su amigo.
-Bueno, no pasa nada, todos hemos echado una canita al aire alguna vez, ¿no? – dijo German.
-El caso es que me sentí atraído por Silvia – prosiguió Santiago-. Y cada día la veía entrar a la oficina, y pasar por mi lado, y un buen día me saludó. Estuve dos semanas seguidas tomando café con ella, y mi atracción paso de ser solo física a algo más, poco a poco, durante la media hora del desayuno nos íbamos conociendo y cada día me enamoraba mas de ella
-Pues, no se que decir, supongo que tienes un problema. Ignórala, mándala al carajo como hiciste con esa novia tuya, como se llamaba –German se quedó pensando.
-Ya lo he hecho, solo estuve dos semanas tomando café con ella, compartiendo mi vida a su lado, dos semanas fabulosas, pero supe que no podía seguir así, y deje de hacerlo, ahora ni siquiera la miro, pero ella es la causa de que cada semana pierda dos kilos.
-No es posible, si a ti nunca te han afectado los problemas
-No se trata de eso. Ayer fui al medico y le conté lo que me pasa, le dije que conocí a Silvia y enseguida empecé a perder peso, y que durante las dos semanas que desayunamos juntos mi peso se estabilizó e incluso engordé un kilo, después cuando traté de ignorarla y de no mirarla tan siquiera cuando pasaba a mi lado, volví a adelgazar. El doctor me dijo que sufría de amor, y me estaba consumiendo por no hacer caso a ese instinto, yo me reí, y le dije que si estaba loco, pero no pude hacerle ver otra cosa que la que te estoy contando – Santiago miró a una pareja que apoyada en una pared, se besaba con deseo-. Sufrir de amor, menuda idiotez.
Santiago siguió adelgazando, le costaba caminar, y su aspecto demacrado era incluso desagradable. Su mujer preocupada le insistía en que fuera al médico, pero él no quería, y la decía que no era nada.
Pero la cosa iba muy deprisa, demasiado y Santiago decidió ir otra vez al medico.
-veo que no hace caso a su instinto más vital, le veo bastante desmejorado- dijo el doctor al ver a Santiago.
-Por favor, doctor, dígame con seriedad y racionalidad lo que me ocurre, no sigo ninguna dieta, y ya he perdido mas de cuarenta kilos, si sigo así dentro de poco no podré caminar, me cuesta mucho conducir, apenas tengo fuerza, y en el trabajo no logro concentrarme
-Ya le dije su diagnostico señor Santiago, solo hay una cura para su enfermedad, y esa es no oponerse a lo natural, usted se enamoró de su nueva compañera de trabajo, Silvia, y no responder a ese amor, ignorarlo de la manera que usted lo hizo le esta consumiendo
-Bien, bien, supongamos que lo que usted dice es cierto
-¡acaso duda de mi profesionalidad! –le interrumpió el medico.
-No, no, entonces que debo hacer para volver a tener la vida que antes tenia, para volver a engordar y ser feliz otra vez
-Muy sencillo, tiene que empezar una relación con Silvia, amarla como desea desde hace tiempo, cuando desayunaba con ella ganó incluso un kilo, esa es la solución – dijo el doctor.
-Tengo pareja, y la quiero, no quiero perderla, no puedo dejarme llevar por un capricho de mis sentimientos, yo quiero querer a María Lola – dijo Santiago con tristeza.
-No tengo más que decirle. Cuando alguien enferma, de cualquier enfermedad, yo le receto medicinas para que se mejore, algunas de esas medicinas curan la enfermedad, pero dan sueño, o producen somnolencia, e incluso son fuertes para algunos estómagos –el doctor hizo una pausa- y es el paciente el que decide tomárselas o seguir con el dolor.
Santiago estaba perdido, no podía hacer daño a María Lola, ella era su mujer y él se había prometido no hacerla nunca daño, pero la situación era muy seria, y si seguía así sabia que podía morir. Esa misma noche decidió hablar con Maria Lola.
Le contó todo lo que el medico le había dicho, y le habló de sus sentimientos hacia Silvia, como la conoció y todo lo demás.
-¿te has acostado con ella?, a lo mejor te has acostado con ella y te ha pegado el sida o alguna enfermedad de esas de sexo –le dijo Maria Lola.
-No, tranquila, no me he acostado con ella, ni siquiera la he visto fuera de la oficina
-Y el medico te dijo que salieras con ella, y que pasa conmigo, pero eso no puede ser así, mañana mismo vas otra vez al medico y le exiges que te hagan pruebas de todo tipo
Al día siguiente volvió al medico y según le había dicho su mujer exigió a su medico que le hicieran pruebas de todo tipo. Y se las hicieron, pruebas para ver si era seropositivo, si tenia cáncer, anemia, sífilis, hepatitis, en definitiva todas las enfermedades que como síntoma tiene la pérdida de peso. Las pruebas tardaron unas dos semanas, y Santiago seguía perdiendo peso, tuvo que pedir la baja en el trabajo porque apenas tenía fuerza para caminar, tenía el aspecto de un cadáver y sus ojos permanecían cerrados casi todo el tiempo. Al día siguiente Maria Lola fue al medico a recoger los resultados.
-el doctor no está, se ha ido una semana a brasil a una convención de médicos muy importantes – la dijo una señorita en la recepción del hospital.
-Vengo a por unos resultados, aquí traigo una autorización para recogerlos
La enfermera paso a una sala contigua y buscó en un cajón. Al poco tiempo vino con un sobre grande en la mano.
-aquí tiene, es necesario que estos resultados los vea su medico, así que pásense mañana y el medico les atenderá.
María Lola dobló el sobre y lo metió en el bolso.
En casa con Santiago a su lado abrieron los resultados de las pruebas. Todos eran negativos, no hacía falta ser médico se leía con claridad. Santiago no tenía cáncer, ni sida, ni siquiera tenia colesterol, o falta de glóbulos blancos.
Al día siguiente el medico confirmó a Maria Lola los resultados.
-su marido esta perfectamente, no tiene ninguna enfermedad venérea, ni ningún tipo de cáncer, es mas se podría decir viendo sus análisis que goza de una muy buena salud
-tendría usted que verle doctor, esta consumido, apenas puede moverse de la cama, ya no tiene fuerzas ni para ir al baño –le dijo Maria Lola.
-No puedo hacer nada por él, no puedo recetarle nada, ni decirle nada que no le haya dicho ya a su marido, lo siento por usted señora, lo siento de veras.
Al día siguiente por la tarde Maria Lola fue al trabajo de Santiago, subió a la oficina y habló con uno de sus compañeros, le preguntó quien era Silvia, este señaló con el dedo a una joven morena, con rasgos orientales. María Lola bajó de nuevo hasta la entrada y esperó a que Silvia saliera.
-tu no me conoces –la dijo mirándola de frente-. Soy la hermana de Santiago, ¿sabes de quien te hablo no?
-Si –dijo Silvia sorprendida-. ¿Qué tal esta?, me dijeron que se cogió una baja por depresión o algo así, ¿Qué le ocurre?
-Si, se murió su madre y no lo superó muy bien, ¿tú te llevabas muy bien con él no?
-Si, ¿Por qué lo preguntas? –dijo Silvia.
-Me ha pedido que te diga que esta enamorado de ti
Silvia enrojeció, y esbozó una sonrisa que apresuró a tapar con una de sus manos.
-no me lo puedo creer –dijo al fin.
-Si, entiende que él ahora está pasando un mal momento por lo de su madre, y no quiere perderte – Maria Lola tenía los ojos cristalinos, estaba a punto de llorar-. Entonces me ha pedido que te diga esto, no tienes que decir nada, solo quería que lo supieras
Las dos se quedaron calladas durante algunos segundos.
-vaya, es fantástico –dijo Silvia-. Coincidimos durante algún tiempo en los desayunos y tu hermano me pareció un hombre muy interesante, me enamoré de él en esos desayunos, después le propuse varías veces quedar para tomar algo fuera de la oficina, pero siempre me decía que no, después dejó de hablarme y pensé que no quería nada conmigo, ¿es verdad que esta enamorado de mi?
Maria Lola tenia un nudo en la garganta que apenas la dejaba hablar.
-si, es verdad, si quieres llámale, estará encantado de hablar contigo, tengo que irme
Y sin dejar a Silvia despedirse María Lola salió corriendo dejando tras sus pasos la felicidad de aquella chica.
Cuando llegó a casa su marido estaba tumbado en la cama, como las últimas semanas, tenía la tele puesta pero sus ojos estaban cerrados, apenas tenía fuerzas para abrirlos.
María Lola se sentó en la cama y con una mano agarró la mano de Santiago, con la otra se limpiaba las lagrimas que salían de sus ojos.
-he hablado con Silvia –dijo.
Santiago abrió los ojos como hacia días que no hacia.
-¿Por qué? –preguntó, hablaba con un hilo de voz.
-Tienes que verla, me ha dicho que te quiere, que le gustas, ella esta enamorada de ti
Al decir estas palabras Santiago iba recibiendo pequeñas dosis de fuerza, que le empujaban a volver a vivir, Silvia le quería.
-ya lo sé, ella me lo dijo, pero yo dejé de hablarla, no quería estar con ella
-¡pero te estas muriendo! –gritó Maria Lola-. Tienes que hacer algo
-yo te quiero a ti, te quiero María Lola, te amo, te amo, no puedes entender eso, no quiero estar con ninguna otra mujer, te quiero a ti
El teléfono interrumpió la conversación de ambos. Maria Lola se levantó de la cama y contestó, era Silvia.
Maria Lola cogió el teléfono inalámbrico y lo llevo hasta la habitación donde estaba Santiago.
-toma es Silvia –dijo dándole el inalámbrico.
-no quiero hablar con ella
-¡tienes que hacerlo! –dijo María Lola furiosa.
Santiago cogió el teléfono y tras unos segundos y después de mirar a su esposa colgó la llamada.
-te quiero –dijo y el teléfono cayó de la mano de Santiago, golpeándose contra el suelo.
La televisión estaba puesta, y los reflejos alumbraban el brazo de Santiago que colgaba de la cama.
La gente de su alrededor creyó que Santiago había muerto de cáncer, de alguna enfermedad incurable. La gente que lo conocía bien, simplemente pensó en algo sobrenatural, algo sin respuesta. Y luego está Germán, el mejor amigo de Santiago. Cuando sale a echar una canita al aire, su principal arma para conquistar a las chicas, es contar la historia de su amigo Santiago, un amigo que murió por amor.
© Sergio Becerril 2008
Una Coca-Cola - Relato 24
UNA COCA-COLA
El frio suelo, parece como si estuviera andando sobre placas de hielo, y el tacto del pijama me incomodan, acabo de levantarme de la cama para orinar. Son las tres de la madrugada, y otra noche más sin poder dormir bien. Esta vez no son los dolores físicos, esta noche mi cabeza quiere pensar. Mientras orino pienso cual es el motivo por el cual sentimos el suelo tan frio cuando andamos descalzos, una vez leí que al parecer las plantas de los pies no son un buen conductor de temperatura, de manera que la frialdad del suelo no puede pasar al resto de nuestro cuerpo, esto hace que la sensación de frio sea muy intensa. Hay que ver, me muero y yo pensando en porque notamos la frialdad del suelo en nuestros pies descalzos. Vuelvo a la cama, las sabanas están medio rotas, el nombre está casi borroso. Los ronquidos del hombre que tengo a mi lado me dicen que la noche no está siendo igual para todos. La sabana no está fría, noto su calor, en esta noche solo abrigarme, taparme con las desgastadas ropas me tranquilizan. Ojalá tuviera sueño.
No ha pasado más de una hora cuando me levanto a dar un paseo, los pasillos están iluminados por las luces de emergencia, al pasar por el mostrador de control la enfermera duerme cruzada de brazos sobre la silla, tiene la boca a medio abrir y su pelo cae sobre los hombros, tiene el pelo moreno y rizado, se parece a Olivia, a ella también le cae el pelo sobre los hombros, y en la parte de la espalda a veces se forman tirabuzones, muchas tardes metía mi dedo entre sus rizos, así la sentía cerca. Camino hasta el final del pasillo, allí hay unas escaleras, sentado en la primera está Carlos, todas las noches sale a fumarse un cigarro, los médicos dicen que se muere y que no fume, pero el solo parece hacer caso a lo primero.
-Otra noche más –dice Carlos.
-Más bien otra noche menos –digo.
-¿Qué tal estás? – dice Carlos.
-bien, espero mi momento, he estado esperando mucho tiempo, no me cuesta esperar un poco más
-¿lo deseas?
-Al fin y al cabo todos tenemos el mismo final, más tarde o más temprano tiene que suceder, he vivido más de lo que me gustaría, y esto solo es anticipar algo que va a ocurrir sí o sí
Los dos callamos, no entiendo a Carlos, él, en más de una ocasión me ha confesado su pánico al momento, está recibiendo terapia psicológica, no aguanta lo que le está sucediendo.
-¿Es cierto que podías haberte curado?
-No, eso dicen los médicos, pero yo no los creo. No me gusta estar aquí, a pesar de lo que parece, en realidad no tendría que estar aquí, nunca debería haber estado –digo mientras me levanto y dejo a Carlos terminando su cigarrillo.
Camino hasta el final de la planta, allí hay una maquina de refrescos y otra de comida, apenas quedan sándwiches, las visitas de hoy han acabado con ellos, unos se alimentan y otros se mueren, son los contrastes vitales.
Supongo que si podía haber evitado esta situación, si hubiese querido claro, sin embargo no encuentro ningún motivo para no morirme.
Sólo hay que dejar de pensar, no pensar en que va a suceder, alejar los sentimientos de la razón, eso e ignorar este mundo, ignorar las tostadas, ignorar el aire, ignorar a quien se preocupa por ti, a quien te quiere, a quien no te quiere, ignorar el avance, el éxito, el calor, la ternura, la ambición, hay que aprender a ignorar para que no te de pena abandonar tu existencia, dejar de respirar, y al fin y al cabo desaparecer para siempre.
Hay una ventana abierta, entra algo de frio, se escucha el ruido de algunos coches pasando por la autopista, van veloces huyendo del amanecer, es noche de sábado, no oigo las risas, comentarios, chistes, gritos que se puedan dar dentro de esos vehículos , pero están ahí, me asomo a la ventana, quiero escuchar a gente, quiero escuchar su risa, sentir su felicidad, sé que no se contagia, pero al menos sentiría que alguien sale, avanza, respira, en definitiva, vive.
El ascensor sube, seguro que es el vigilante haciendo la ronda, me escondo en una esquina, veo salir a cuatro médicos, van apresurados hacia las habitaciones, en un segundo los pierdo de vista y me vuelvo a quedar solo, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta del pijama, uno de ellos está roto y deja escapar mi dedo, me acerco a la ventana y la cierro.
Vuelvo a mi habitación, a sufrir los hierros y el tacto de las desgastadas sabanas, pero descubro que mi cama está ocupada por mí, cuatro médicos intentan reanimarme sin éxito, de repente algo me atrapa por mi espalda, poco a poco empiezo a alejarme de la habitación donde he permanecido los tres últimos meses, veo alejarse a los médicos, me arrastro de espaldas, mi pijama se queda delante, yo sigo para atrás, llego al final del pasillo, Carlos ya no está fumando su cigarrillo, giro, llego hasta el final de la planta, no quiero mirar a tras, ahora si tengo algo de miedo, paso por la máquina de refrescos y de comida, miro a la ventana que unos minutos antes había cerrado, está abierta, después de unos segundos todo acaba, no puede ser, tengo que despedirme. Pero es demasiado tarde, ya no existo.
© Sergio Becerril 2008
¿Que es real? - Pensamiento 4
Imagino por un momento que quien esté leyendo estas líneas no existe, quiero decir que tú que estás leyendo estas letras no existes nada más que en mi cabeza, que mi mundo es tu realidad, que formas parte de mi mundo irreal, no es una idea tan descabellada, al menos no podrías decirme que no es cierto, si yo te digo que todo cuanto conozco, todo cuanto existe en mi mente no es real, no podrías decirme que no es cierto, ¿sabes lo que es el Solipsismo?
Ahora imagina tú, imagina que todo lo que ves, eres, conoces, sientes, etc. no existe, nada de lo que a ti te parece real lo es, solo es una proyección de tu mente, una realidad a tu medida, en ese caso podrías ser Dios y todo lo que te rodea una ilusión que tu mente ha creado, ¿conoces el mito de la caverna?
Esto que digo es tan difícil de demostrar como imposible de rebatir, pues aunque tú me dijeses, o tu pensases que tu novia/o, amigo/a, padre, madre son reales, no te creería, y tu tampoco creerías a la persona que te está diciendo que existe y que es real, porque puede ser una ilusión.
Es para volverse loco ¿verdad? Por eso he creado este Blog, para leerme a mí mismo, aun no comulgando con el Solipsismo creo que así es...
Si te interesa el asunto un link muy recomendable:
http://es.wikipedia.org/wiki/Solipsismo
Ni tu nombre sé - Relato 23
NI TU NOMBRE SÉ
Ninguno de los dos quería darse cuenta de que la relación no iba bien. Ella para no hacerle daño y él para no salir del sueño donde a veces se encontraba, preferían no pensar en ello. Dos días de felicidad y dos cabreados, discutían casi a diario, y casi siempre por tonterías, unas veces el enfado se pasaba a los pocos minutos, pero otras podían estar hasta una semana sin hablarse, y ahí, en esos enfados largos, donde ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer es donde sufrían, a veces ella, casi siempre él. Al principio les parecía bien eso de discutir, ambos pensaba que si las parejas no discutían la relación era aburrida y al final llegaría la monotonía, y que si no discutían nunca se llegarían a conocer bien. Con el tiempo, las discusiones no eran tan bien recibidas, y en más de una ocasión habían pensado en poner fin a una relación que según iba no tenia ningún futuro, pero solo lo pensaban, y así, pensando en dejarse y discutiendo, llevaban cuatro años.
Pedro llevaba cuatro noches casi sin poder dormir, había discutido con su novia, y se sentía mal, empezaba a necesitarla, quería escuchar su voz, pero, como llamarla, pensaba, seria darle la razón, dar su brazo a torcer, y perder la partida, duraba cuatro días, él sabia que si no la llamaba la podía perder, habían discutido otras veces, pero esta vez le parecía distinto, tenia miedo de perderla, de no volver a verla.
No podía seguir así, se había emborrachado las dos ultimas noches, y su estomago no aguantaría una tercera borrachera para evadirse.
Salió del bar donde se encontraba y marcó su teléfono. Al cabo de dos tonos ella cogió el teléfono.
- Que quieres- contestó ella.
- Hola –hizo una pausa, no sabia como romper el hielo-. Mira quiero decirte que a lo mejor llevabas razón, quizá me puse un poco pesado con el tema, bueno olvidémoslo… ¿Qué haces?
- Estaba viendo la tele pero me iba a dormir dentro de nada, son las doce de la noche
A dormir, pensó Pedro, él había dormido fatal y ella se iba a dormir.
- Pedro no quiero que me vuelvas a llamar, estoy cansada de ti y de esta estupida relación que llevamos todavía no sé muy bien porqué
El no sabia que decir, habían discutido muchas veces, se habían insultado y cabreado, pero nunca antes ella lo había dejado.
- No puedes hacerme esto, llevo dos noches sin dormir
- Lo siento Pedro, y por favor no hagas las cosas más difíciles- la voz de ella era fría, como si no sintiera nada al decir lo que decía.
- Escúchame, ¿quieres que me entre depresión?, sabes que soy muy dado a tener depresiones, y creeme que si me dejas tendré una depresión muy grande, no sé si podré superarlo –dijo Pedro nervioso.
- Pedro voy a colgarte, no quiero seguir hablando contigo
- Quieres dejarme –Pedro gritaba-. Muy bien pues déjame, no pienso volver a llorar por ti, bastante he llorado ya, sin que lo merezcas, no mereces que te quiera…
Ella colgó el teléfono.
Se guardo el teléfono móvil en el bolsillo y volvió a entrar al bar. Pidió al camarero un ron con coca cola, cuando se lo puso, se bebió la mitad de un trago. Sacó el móvil del bolsillo y lo dejo encima de la mesa. Bebió otro gran trago a la copa, miraba al móvil todo el tiempo, esperaba que ella lo llamara, esperaba que ella le dijera que volverían a intentarlo. Seguía mirando el teléfono, esperando su llamada, terminó la copa y salió a la calle.
Marco su número, al rato ella cogió el teléfono.
- Que -dijo ella con la voz cansada.
- Mira por favor, no me vuelvas a colgar, ¿sabes lo mal que lo estoy pasando?, no tienes ni idea de lo mal que lo estoy pasando y tu vas y me cuelgas, ¿es que acaso no me quieres?, de verdad que estoy pasándolo muy mal, me vas a hacer llorar – Pedro empezó a llorar-. Que quieres que haga, no puedo dejar de pensar en ti, por favor no me hagas esto
- Pedro es muy tarde, no tengo ganas de hablar contigo, nuestra relación no funciona, no quiero seguir con esto, eso es todo, si no te lo he dicho antes es porque no quería hacerte daño, pero las cosas se me han ido de las manos y no quiero seguir contigo – ella no demostraba debilidad, hablaba con frialdad, como si leyera cada palabra que decía-. Ni tu eres feliz ni yo lo soy – hizo una pausa, ella oía a Pedro sollozando-. Será lo mejor…
- No tienes la menor idea del daño que me haces – Pedro esperaba que ella cambiara de opinión, que se sintiera tan mal, que le viera tan destrozado que volviera con él, aunque fuese por pena, quería sentirla cerca y que en ese mismo momento le pidiera que fuera a verla-. Hasta luego- dijo, y colgó sin dejar que ella se despidiera.
Fue caminando hacia su casa, lo hacia despacio, sin saber muy bien como despertaría mañana, como volvería a dormir sabiendo que ella no estaría al día siguiente. Sentía una inmensa sensación de vacío, no lloraba, pero se encontraba triste. Pensaba por que, y en que momento ella había dejado de quererle.
Cuando llegó a casa se puso cómodo y se tumbó en la cama. Cogió el teléfono y marcó el teléfono de ella, pero no la llamó.
No durmió en toda la noche, pensaba en muchas cosas, daba vueltas en la cama. No podía creer lo que le había pasado.
Pasada una semana, una noche, mientras Pedro cenaba sonó su teléfono. En la pantalla apareció el nombre de ella, no supo que hacer, vaciló si cogerlo o no, al cabo el teléfono dejó de sonar. Pasaron unos cinco minutos y el teléfono volvió a sonar, esta vez Pedro lo cogió.
- Hola –dijo él.
- Hola Pedro
- ¿Qué quieres?, no tengo mucho tiempo, estaba cenando y…bueno que
- Nada, solo llamaba para decirte que te echo de menos
- Sí, pues que sepas que yo a ti también, pero no voy a volver contigo, no voy a volver a verte, no quiero saber nada de ti – Pedro reía mientras hablaba-. Y, sabes ¿Por qué?
- No digas eso Pedro, hemos discutido otras veces
- ¿sabes porque no voy a volver contigo?
- Pedro por favor
- No voy a volver contigo porque no tienes nombre, no sé como te llamas, y porque ahora una mujer mucho mas guapa que tu está esperándome en la cama
Ella colgó el teléfono. Pedro volvió a la cocina y siguió cenando, pero ya estaba frío, así que vació el plato en la basura y se fue a la cama, donde nadie lo esperaba.
© Sergio Becerril 2007
La Herida - Relato 22
La Herida
Soy una herida y causo dolor. Paolo tumbado en su trinchera se suelta los cordones de las inflamadas botas, se rompe el botón de la camisa de infantería para liberar su cuello negruzco y sudoroso; me libera de cualquier presión, no sé si para intentar ganarse mi aprecio y que no le siga torturando. Me siente y yo le aprieto, ejerzo sobre él un peso incontrolado sobre todo su sentido, le hago sudar, le bloqueo el pensamiento. Las balas parecen minúsculos aviones, atraviesan el éter con febril velocidad, sin destino, sin un objetivo al que colorear.
Le conozco, lo sé todo sobre Paolo, al fin y al cabo siempre he vivido con él. Las heridas surgen de dentro, no dejo de ser parte de su propio ser, aunque ahora me muestre y me haga sentir, crezco de su propia piel, su dolor me hace existir en reciproca sintonía.
Sigue tumbado, escucha el odioso castañear metálico. Rebozado de tierra y de humo intenta no pensar, aprieta con fuerza su bastón de acero con punto de mira, le gustaría fundirse con él, integrarse poco a poco, quiere ser absorbido por el arma, y en unos minutos desaparecer, que alguien pase por el foso y vea solamente un fusil casi enterrado en la zanja, con distinto color, ya no es negro el fusil, tiene matices rosas, marrones y rojos, sobre todo rojos. En la zanja un fusil rojo. Pero sabe que no puede, que eso es imposible, y se descubre apretando con más fuerza su Rémington.
Le hablo para alargar su sufrimiento, le digo que piense en cosas bonitas, que recuerde el momento en que las conquistas siempre tenían nombre femenino, que piense en las derrotas en las que solo perdía un poco de honra masculina, que piense en la vida antes de ser amenazada por tormentas tropicales, noches de deseo y cristales rotos por los celos.
Pero no me hace caso, y recuerda su primer encuentro con la tristeza, ocurrió cuando su razón se dio cuenta de que todos los niños de su edad, no cenaban huevos fritos con patatas cinco noches a la semana. A partir de ahí, el desánimo se animó a visitarlo a menudo, a conciencia algunas veces, otras veces invitado por el guión de quien no escribe su vida si no que se la cuentan. Sintió en reiteradas ocasiones el desconsuelo cuando el molde de la sociedad matrimonial le arrinconó, y cada dos por tres le obligaba a decir que sus padres se habían separado ¿En qué trabaja tu padre? Nunca imaginó que una pregunta tan sencilla tuviera tantas vías de confusión.
Piensa en su juventud de solitarios días cada vez más largos, Paolo los trataba de acortar con interminables siestas, en las cuales escapando de sueños rotos, no encontraba ningún sueño.
Allí estábamos Paolo y yo, su herida. En la explanada Cartago, en una meseta de sol y pólvora, él intentando sobrevivir y yo sin quererlo en el más estricto sentido de la palabra impidiéndoselo. Suelta el arma y se libera las muñecas de la presión de la camisa, no desabrocha los botones, los rompe, está semi tumbado boca arriba, el sol presenta un desfile de fuego sobre su cuerpo, extrae de Paolo cauces de sudor que empapan toda su ropa.
Recuerda a Berta, otra luz menos incomoda que la que ahora sufría, que también le hizo sudar pero de distinta manera. Se mira su mano derecha, el contraste de sus negras uñas y la suciedad de las manos, aumentan el reflejo que el sol ejerce sobre ciertas partes en su anillo de casado. El sol emite destellos intermitentes por las lagunas de arena de su alianza. Es como la vida, piensa, algunos momentos turbia, en otros clara y brillante.
Piensa en el tiempo, si Berta no estaba era tardo, minutero plomizo de segundos horas, sin embargo cuando estaban juntos pasaban años sin enterarse. El tiempo como la vida, también es relativo, unas veces pasa y otras no.
Berta no quiso seguir compartiendo nostalgias, y antes de criar, una mañana de fríos pies descalzos y cálculos aritméticos, se marchó de su lado. Habían pasado cuatro años de matrimonio, alguna que otra pelea y muchas horas de reserva. Sin duda fue el cierre del negocio vital para Paolo, una bancarrota sentimental que hizo que perdiera su camino durante algunos años, cogió trenes equivocados, y blancos autobuses sociales que no le llevaban a ninguna parte, pagando el billete a precio de oro.
Un tío suyo, un coronel retirado, le convenció una nochevieja para que se alistara en el ejercito, y así emprendió su camino, lo que no se imaginó nunca es el final del mismo ¿Quizá la ultima parada era una explanada de Cartago?
Paolo saca de su bolsillo un papel, esta medio roto, lo desdobla con dificultad, en realidad es medio papel, el otro medio con sus correspondientes palabras estará cultivando árboles librales en alguna bélica hectárea. En la carta se puede leer:
“…y en esta mañana en la que tus cejas siguen distinto camino yo te necesito igual que antes. Nada ha cambiado y en este primer año de casados no puedo dejar de decirte lo mucho que te quiero. Acuérdate de llevar mis poemas a la editorial, sé que es una tontería, pero igual esta vez tengo suerte, no te enfades anda, puedo ver tus labios unirse en gesto de rabia, sabes que lo más importante después de ti son mis escritos…”
Paolo vuelve a doblar la carta con abogado gesto y la guarda de la misma forma. Suspira, quiere que sea el último pero él y yo, su herida, sabemos que no es así, todavía no.
Paolo me siente cada vez con más fuerza. Él hubiera deseado que yo fuera un corte, un túnel de pólvora, un coagulo de sangre engangrenado, una irremediable amputación, un charco en los pulmones, pero no, supongo que ni yo puedo elegir, soy una herida de muy adentro, de esas que no se curan, que en todo caso se me puede adormecer durante algún tiempo, o distraer con quehaceres varios.
La única opción es hacerme callar que no curar, aunque eso implique olvidarse de los huevos fritos, de correctos matrimonios, de Berta, de sueños vividos, de sueños impuestos o imaginados, de la escarcha vital que supone llevarme, de cambiar siesta por un pesado sueño.
Paolo coge su fusil, lo carga, lo mira, imagina que es Berta y lo besa.
© Sergio Becerril 2007
Carpe Diem
Leo en el periódico que una mujer ha muerto aplastada por los cascotes desprendidos de una fachada, esto ha sucedido en el madrileño Paseo de Recoletos, al parecer la señora de cuarenta y un años iba con su amiga de paseo, eran alrededor de las once y media cuando un montón de cascotes que se desprendieron de una fachada cayeron sobre ella, el periódico explica todo lo demás con asquerosa frialdad, permítanme que yo lo omita, el caso es que la mujer falleció horas después.
¿Por qué morimos? En realidad no nos damos cuenta de lo frágiles que somos, seguro que alguna vez habéis jugado a algún videojuego, en parte cada uno de nosotros somos personajes de videojuego, si acaso alguien juega con nosotros y dirige nuestras vidas.
Lo que me hace sentirme profundamente mal es que la muerte llegue en un momento inesperado, como a esta señora, como habrá dejado sus cosas, es posible que su pijama estuviera en el suelo por que esa misma mañana no había tenido tiempo de doblarlo, de guardarlo, y en el baño su cepillo de dientes aún mojado en la encimera, esa mañana quizá se había levantado algo tarde, posiblemente había quedado con su amiga para realizar las ultimas compras de reyes. ¿Cuántas cartas llegarán a su buzón sin saber el remitente que no las va a leer? El dinero del cajero que sacó minutos antes, la cita con el médico que tenia esa misma tarde, la comida, la cena, este año que empieza... nada importa ya.
Hay que vivir, olvidarse de nuestros fatídicos momentos (que seguro llegarán), disfrutar de nuestro paso por la vida como si cada minuto fuera el último, y por supuesto leer, para vivir otras realidades en muchas ocasiones más placenteras que esta.
Carpe Diem amigos.
Un abrazo.
Domingo 10:00 de la mañana - Relato 21
Domingo 10:00 A.M.
Son las diez de la mañana. Me encuentro en una explanada, en el parking de una discoteca, es sábado, bueno no, ya es domingo. Estoy de pie en este parking. Es como el de unos grandes almacenes, pero aquí no salen familias con bolsas cargadas de compra. En el horizonte puedo ver una fábrica de refrescos, y con los ojos medio cerrados la miro. A mi espalda, la puerta de la discoteca, que ya casi toca a su cierre. Oigo la música, en este momento ponen un tema que me encanta, y pienso que me gustaría que fueran las tres de la mañana otra vez, y volver a vivir la noche, y volver a bailar y a meterme otra vez la coca que ya me he metido. Mi cabeza esta abotijada, puedo pensar pero las ideas son absurdas, incoherencia total dentro de mi. Varios coches están aparcados en el parking, dentro de ellos gente joven, como yo, esnifan los últimos gramos que les quedan. Me doy cuenta que no hago otra cosa que mirar el reloj, me doy cuenta ahora aunque hace quince minutos que lo hago a cada segundo. Mi camisa esta arrugada, miro mis pantalones, hay restos de cocaína, una mancha blanquecina en mi pierna derecha, con torpeza y sin saber muy bien que estoy haciendo, me descubro limpiándome; me encuentro sucio, extraña sensación, me siento como si hubiese estado tres días fuera de mi casa.
No me odio, solo me resigno, soy victima de mis actos. Pienso que la vida me está dando lo que me merezco, o a lo mejor no me lo merezco, solo que me ofrece algo y yo lo cojo. El sol de la mañana me turba. En invierno amanece mas tarde y la noche dura más, a partir de junio a las seis y media ya es de día, y eso lo odio, odio que el amanecer, el sol, joda mi pedo de cocaína y alcohol.
No pienso volver a casa, pienso. Ahora iré al cajero, sacaré cien euros y me pillaré dos gramos más, después iré a algún sitio a ponérmelo, tan tranquilo, solo de pensarlo se me eriza la piel, y un nerviosismo invade mi cuerpo. Nada gano haciéndolo, pero hay tantas cosas en la vida que aunque las hagas no te reporta el mas mínimo beneficio, que esta es una más.
Una puerta de uno de los coches se abre. Salen dos chicas y un chico, él se suena la nariz con un pañuelo desgastado. Su aspecto es como el mío, ropa trasnochada, ojos medio cerrados y narices rojas taponadas. Una de las chicas saca un mechero del bolso y se enciende lo que a mi me parece ser un chino. Desde mi posición puedo olerlo, o al menos imagino su olor, no es que me guste mucho fumar chinos, pero reconozco que en momentos de ansia, de nerviosismo, me tranquiliza.
Saco de mi cazadora un paquete de tabaco, me queda un cigarro, la noche se acaba y con ella todo lo demás. Enciendo el pitillo y vuelvo dentro de la discoteca, no quiero enterarme que ya es de día, quiero seguir en este mundo, en este sueño, al menos algunos minutos más.
© Sergio Becerril 2007
Fin de fiesta - Relato 20
Fin de fiesta
Sentí el frío sentado en el escalón de su portal, ese escalón que ahora callaba había reído y compartido con nosotros muchas lunas. Un cuarto de hora después la vi venir a lo lejos. No iba maquillada, llevaba ropa informal, un vaquero y un jersey, eso seria síntoma de que no estaba con nadie, pensé, si lo hubiese estado hubiera ido mas arreglada; aunque pensándolo mejor, los hippies no se arreglan y al parecer ella siempre ha sido un poco alternativa. Eso pensaba, yo que sé, estaba mal, nervioso, angustiado, y ella caminaba hacía mí.
Ella lo primero que hizo fue darme dos besos, y sentí mucho más frío. Que clase de persona era Laura, ¿la conocía realmente? ¿Había estado engañado durante los dos últimos años de mi vida? ¿Cómo podía darme solamente dos besos? Como si fuera un conocido, no me dio ni siquiera un abrazo, de verdad que hubiera bastado con un simple gesto de cariño, supongo que ella tenía miedo de que cualquier gesto suyo yo lo interpretara como una muestra de amor. Yo busqué un poco de calor e intenté abrazar su pequeño cuerpo, noté como ella se alejaba.
Después de algunos minutos comenzamos a hablar. Al principio la lógica se impuso, y la conversación fue fría, apática, sin sentido, ella hablando de lo que no, y yo de lo que sí. Nuestras palabras salían de nuestras bocas y se escondían en una nube de vaho, a ella ese gesto parecía gustarle, sus palabras se camuflaban, se evocaban escondidas, sin embargo mi intención no era esta, me hubiera gustado abofetear a mis palabras y desempolvarlas del caliente vaho que salía de mi boca.
-Bueno, supongo que cuando uno esta enamorado el orgullo no cuenta, por eso estoy aquí, para hablar de nosotros –dije muy serio.
-Marcos, no quiero tener una pareja, yo soy una chica muy independiente, no quiero seguir contigo –me dijo con asesina frialdad.
-¿Cómo puedes hacerme esto? –yo, ya no era yo, era un ser confundido. No sabía que pensar, ¿cómo era posible?, la chica que más me quería, la que una semana atrás hubiese dado su vida por mí, me decía que no quería estar conmigo.
-No eres el hombre de mi vida –prosiguió ella-. No eres lo que yo quiero para mi vida
-Pero Laura, si tu decías que yo era el hombre de tu vida, que querías tener hijos míos –mi voz sonaba angustiada, incrédula.
-Si, Marcos pero ya no quiero seguir así, me he dado cuenta de que no estoy preparada para tener hijos todavía. Mira Marcos yo mañana me voy al Viña Rock, y dentro de tres meses me voy a trabajar fuera
-Te vas a un concierto de rock. –Hice una pausa, miraba su negro pelo, el frío parecía escarcharlo y brillaba con viveza. Podías haber ido conmigo –continué-. Yo te hubiera acompañado
-Marcos pero si a ti no te gusta esa música –dijo riéndose y con cierta compasión.
- Por ti haría cualquier cosa, ¿y con quien vas?
-Pues con unos amigos, con Alfredo y con otros que no conoces
-Pero Laura, puedes pensarlo, puedes tomarte algún tiempo y si ves que estas bien, lo dejamos definitivamente –dije casi suplicándola.
-No, no Marcos, esta decidido
-¡pero yo era feliz!
-Pero yo no, Marcos, no eres el hombre de mi vida –me volvió a decir.
Yo a estas alturas de conversación estaba abatido, hacía una semana que las manos de Laura acariciaban mis mejillas, hace unos días compartíamos el futuro.
Estaba confundido, no sabía en realidad que estaba ocurriendo. Sentí una extraña mezcla de tristeza y desilusión.
-Laura, te lo di todo y ahora tú me haces esto
-No puedo más –dijo y se dio media vuelta para abrir el portal y subir a su casa.
Yo la insistí que se quedara un poco más, y ella empezó a llorar.
-Me siento como Manuel, aquel novio que dejaste por mí –dije.
-No, tú eres un caballero, Manuel no se comportó como tú.
En ese momento no quería ser un caballero, quise ser lo que fuere, pero con ella.
A partir de ese momento, mi mente se volvió loca, intentando buscar su voz al día siguiente comencé a dar miles de razones para que no me dejara, a cada palabra mía ella lloraba con más angustia, yo esperaba que alguna de las palabras que la estaba diciendo la hicieran pensar, y que no me dejara. Decía palabras, hablaba para que alguna la hiciera retroceder, tenía la esperanza de que alguna de mis palabras activara algún mecanismo en su cabeza y la hiciera al menos reflexionar. Cubriendo de vaho algún recuerdo, ella esbozó media sonrisa, y yo quería besarla. Al cabo pensé que estaba perdiendo el tiempo, era tiempo de dolor y cada minuto contaba, necesitaba irme.
-Carlos yo te puedo ayudar, si quieres te llamo, hablamos, puedo ayudarte a que no lo pases mal –me dijo.
Yo sabia que el remordimiento la atenazaba, y de ahí sus palabras de apoyo.
¿Había entendido alguna vez el amor?, me pregunté. Se creía que podía ser mi amiga.
-¿Crees que para mi ha sido fácil Carlos?, quitar todas tus fotos, yo lo estoy pasando muy mal –me dijo congelando lagrimas.
Yo ya no creía todo lo que me decía.
Después de algunas frases sin sentido, ella me besó, yo me agarré a sus labios por que sabia que era la ultima vez que coincidiría con ellos. Me despedí con un gesto con la mano, arranqué el coche y me fui.
Entre en el garaje, nadie se asustó por que di marcha atrás muy rápido. Cerré la puerta e imaginé que ella salía por la puerta del copiloto, como tantas otras veces, vi como me sonreía, recordé como nos quedábamos los dos de pie, hasta que se apagaba la luz interior del coche, y luego subíamos juntos las escaleras, yo gastaba alguna broma absurda y ella siempre se reía, ahora no sé si por compromiso.
© Sergio Becerril 2007
Bodega de Recuerdos en papel
He recopilado los relatos que he publicado este año en este Blog, y he creado un libro que se puede solicitar a través de la página Web de Lulu.
Esto es publicidad diréis algunos, pues si, es publicidad, Spam, intrusión, venta deliberada, pero amigos estoy en mi propio espacio Web, si no me hago yo publicidad ¿Quién lo va hacer por mi?
Bueno, que si os han gustado mis relatos, es una oportunidad de tenerlos en un libro impreso, o si tenéis que hacer un regalo, etc.
El libro se titula (como no) Bodega de Recuerdos, y contiene 20 relatos, sí, uno más que en el Blog, uno inédito, que publicaré después de estas fiestas en el Blog.
Ni que decir tiene que yo apenas gano nada con cada libro que se venda, entre unas cosas y otras, mis ganancias no llegan a un euro por libro, pero como todos sabéis eso en este momento es lo de menos, lo importante es que conozcáis y conozcan mis relatos.
Pinchando en este enlace os lleva directamente a la compra de libro.
http://www.lulu.com/content/1764106
Un abrazo para todos. Felices Fiestas.
Credulidad del tiempo - Relato 19
CREDULIDAD DEL TIEMPO
Me gustan los días lluviosos como el de hoy, supongo que además de evocarme tiempos pasados, indudablemente mejores, me gusta ver las caras de la gente en días así.
Me gusta ver la reacción de la gente en días de lluvia, todo les molesta, si solo es agua, pienso yo, pero la gente debe creer que llueve ácido sulfúrico, me encanta ver la inseguridad en sus caras por que ven que la persona de enfrente no baja o sube su paraguas, como miran constantemente sus zapatos y el agua que ha caído sobre los mismos. Es inevitable, está lloviendo, es normal que el agua manche tus zapatos, pues la gente parece que no termina de entenderlo. Es verdad, me divierto mucho observando la cara de la gente en días de lluvia, son pocas las personas que sonríen de verdad en días grises y lluviosos como el de hoy.
El día ha empezado así y no hay vuelta atrás. Me aseo, desayuno y me visto, hoy me espera una jornada de trabajo como todas las demás, si dijera que mi presencia en la empresa es imprescindible mentiría, de echo nadie notaria que no he ido hoy a trabajar, incluso en varias ocasiones lo he hecho, no he ido al trabajo y nadie me ha echado en falta, no he tenido que justificar mi ausencia, por que para nadie existió la misma. Mi reservada forma de ser y mi introvertida personalidad, me ha ayudado mucho a conseguir este, por llamarlo de alguna manera “status”, en definitiva que puedo permitirme ciertas licencias laborales.
Entro en la cafetería donde cada mañana desayuno, como siempre observo el interior del local, a primera vista nada nuevo, lo había visto tantas veces que incluso notaría la presencia de cualquier insecto invitado. En una segunda ojeada, en la mesa del fondo, la que se sitúa cerca de la maquina tragaperras observo a una joven, morena con el pelo liso por debajo de los hombros. Esa chica no acostumbra a desayunar aquí, pienso.
Me acerco a la barra y pido lo de siempre, café con una tostada. El camarero después de darme los buenos días con voz marrón y taciturna me sirve el desayuno. Lo llevo hasta la mesa, por suerte hay una mesa libre al lado de la chica morena.
Ya sentado en la mesa en la distancia corta la reconozco. En la vida de cada uno hay personas que son importantes aun sin conocerlas, nunca has hablado con ellas, alguna vez que otra has cruzado alguna mirada, pero no existe relación, no se ha perdido no, es que simplemente no existe ninguna relación. Esas personas de las que hablo, están ahí y por el mero hecho de existir, por alguna razón inexplicable son importantes para uno mismo.
La chica morena que nunca había visto en la cafetería donde siempre desayunaba volvía a cruzarse en mi vida, habían pasado años desde la ultima vez que la había visto, pero hoy, en este día lluvioso, en esta cafetería salpicada por las insistentes gotas de lluvia, cristales empañados, y ambiente cargado de humedad debido a la ropa mojada, me había vuelto a encontrar con Patricia.
Tengo que dejar de mirarla, pensé, intenté hacerlo, pero antes de desviar mi mirada ella volvió su cabeza y me vio. Como tantas otras veces las miradas dialogaron, convisuaron durante algunos minutos. Me pregunté si me conocería, si ella sabía quien era yo. Era lo primero que pasaba por mi cabeza después de cada encuentro. Tiene que saber quien soy, por lo menos de haberme visto a lo largo de muchos años, en diferentes etapas de nuestra vida, debería recordar mi cara porque hemos coincidido muchas veces, aunque solo sea por que mi mirada se había y se queda desnuda, dormida ante sus oscuros ojos, debería recordar mi aspecto, pensé.
El tiempo ha estirado sus cabellos, quizá se ha cambiado de tinte, su pelo es de color más claro que el que llevaba la última vez que la vi, o al menos así lo recuerdo yo. Ahora su aspecto es de mujer. Sus ojos también han cambiado, ya no reflejan inseguridad, su mirada es firme y recta, y sus pupilas no tiemblan en ningún momento. La triste dulzura que apreciaba en sus ojos fue algo que siempre me atrajo, pues para mi era señal de que necesitaba que alguien la cuidase, que alguien la abrazase para sentir esa juvenil seguridad que buscamos en la adolescencia. El azar o que sé yo la había vuelto a poner delante de mí, y ahora sus ojos aunque distintos me atrapaban de igual manera, pues aunque reflejaban experiencia, al cabo de mirarlos unos minutos la necesidad asomaba por sus largas pestañas, y me deje invitar una vez más por su austera nostalgia.
Habían sido muchas miradas, comentarios adolescentes con los amigos, comentarios juveniles con los mismos o diferentes amigos, decisiones dubitativas, romanticismos estoicos que no llevaron a nada.
De repente siento frío, y necesito hablar con ella, lo pienso y lo repienso, pero no puedo aguantar más, tengo que hablar con ella, por lo menos conocerla, solo conocerla.
Cuando me di cuenta estaba sentado en su mesa.
-hola Patricia
-hola, ¿te conozco? –dijo ella con gesto ingenuo.
-no, al menos nunca hemos hablado, a lo mejor me has visto por el barrio, en el instituto, en cualquier bar de copas, pero nunca hemos hablado
-si, ahora que lo dices, tu cara me suena –dijo.
Sus labios hinchados todavía por el calor de la almohada se antojaban dulces, en ese momento pensé en besarla, así sin más, pero sabia que no era lo correcto, no había esperado tanto tiempo para cometer tal estupidez.
-tengo que contarte algo –la dije, ella se quedó mirándome, no decía nada, intentaba calentar sus manos sujetando el café todavía caliente-. Tengo que contarte por que sé tu nombre, también quiero que sepas algunas cosas que durante estos últimos quince años no he podido decirte, por miedo, por mi forma de ser, o que se yo
-no te entiendo –dijo ella con sonrisa forzada.
-supongo que no, todo esto te parecerá una locura, te suena mi cara pero no sabes quien soy, no sabes mi nombre y de repente, a las nueve de la mañana te abordo en una cafetería diciendo que quiero contarte algo. Te entiendo y quiero que sepas que esto para mi tampoco es fácil, sin embargo siento que tengo que contarte muchas cosas. Ni siquiera persigo un fin concreto, solamente necesito contarte algo, necesito que conozcas una parte de mi para que también sea tuya.
-sin duda estoy un poco confusa, pero tus ojos me dicen que no eres un loco, ni siquiera que me estés tomando el pelo, desprendes sinceridad y nunca había visto una mirada tan entregada, nunca me han mirado como tu lo haces ahora mismo.
-No te creo –a cuantos habrás hipnotizado con la oscuridad de tus ojos, pensé para mí.
Había escuchado su voz muchas veces, pero nunca sus palabras se habían dirigido a mí, al menos no directamente, siempre que la había escuchado hablar yo me apropiaba de sus palabras, cazaba sus, para mí espesas palabras, y las anotaba en mi recuerdo, para los momentos difíciles, registraba su tono de voz en la galería de mi conciencia, en el habitáculo de mi memoria dedicado a la persona más importante de mi vida.
-tengo que decirte que eres la persona más importante de mi vida, tu has guiado mis sentidos durante estos últimos quince años, pensando en ti me hago una idea muy fiel de lo que puede llegar a ser el amor. Se que todo esto suena ridículo, es más, estoy intentando hablarte sin buscar palabras edulcoradas, intento evitar palabras que suenen a canción de amor adolescente, estoy intentando hablarte desde la razón, sin embargo es complicado, para que te hagas una idea, es como hablar del cristianismo, sin hablar de fe, lo que quiero decir es que para contarte todo lo que te intento decir tengo que decir palabras cursis, incluso empalagosas, de todas formas intentaré ser lo mas practico posible y evitar la vulgar y manida poesía.
-¿quieres decirme que te gusto? ¿Qué estás enamorado de mí? –dijo Patricia.
No pude evitar reírme, tuve que hacer un esfuerzo para contenerme y no carcajear.
-perdona, ¿de que te ríes? A lo mejor a sonado algo presuntuoso, perdona, lo mejor será que me vaya –dijo, y se levanto intentando mover mi silla.
-por favor Patricia, solo serán unos minutos, yo te cuento lo que tengo que decirte y luego me voy, nos vamos –dije con voz calmada.
No sé por que motivo, pero manejaba toda la situación, estaba hablando con Patricia, con una tranquilidad absoluta, había empezado a soltar las palabras que llevaba guardadas dentro de mi durante los últimos quince años, mi mirada la sujetaba a la silla, mis palabras la hipnotizaban, incluso el ambiente del bar, ruidoso ya con las primeras voces de la mañana, no era obstáculo para que nuestras palabras se entendieran y nos escucháramos sin levantar demasiado el tono de voz. Patricia volvió a sentarse, me fijé en sus labios, habían perdido un poco el grosor, debido quizá al despertar progresivo de su piel.
-No me gustas, no estoy enamorado de ti –dije. Es algo más, no puedo estar enamorado de ti, ni siquiera te conozco, bueno, puede que si me gustes, pero gustar es una palabra tan corta para lo que yo he sentido durante tanto tiempo que no hace justicia a mi sacrificio, por llamarlo de alguna manera
-que quieres decirme –dijo ella bajando la mirada.
-la primera vez que te vi yo estaba asomado a la ventana de mi habitación, era verano, tu llevabas un vestido negro con estampado de flores rojas, llevabas una carpeta y el pelo corto, cortado como un chico, pasabas por mi calle y de repente te paraste a hablar con algún amigo tuyo, allí estuviste unos diez minutos y yo te observaba, te observé, muchas veces he pensado por que me fijé en ti aquella tarde, pero lo hice y me atrapaste.
-no recuerdo, ¿vestido negro con flores rojas? –dijo sonriendo con timidez.
-algunas tardes, y más bien creo yo por casualidad, te veía desde mi ventana, lo que en principio había sido una mirada furtiva, la observación de una chica que me había parecido muy atractiva, se convirtió en algo extraño, obsesivo. Cada vez que me asomaba a mi ventana, la mayoría de las veces coincidía contigo. Tú pasabas caminando, sola y a veces con tu amiga una chica rubia que posteriormente averigüe que se llama Yolanda.
-si, oye de verdad que me estás dejando alucinada, Yolanda es mi amiga, de hecho la estoy esperando, por cierto ya llega tarde, ¿Qué calle era?
-Miguel de Cervantes –dije.
-si, por aquel entonces estudiaba inglés en una academia cercana, claro, pasaba por esa calle todas las tardes
-vaya y yo que creía que el destino nos estaba uniendo, y resulta que solo ibas a clases de inglés, entonces no había nada mágico en todo aquello, tu tenias que pasar todas las tardes por mi calle
-sí, supongo que sí –dijo ella.
-una tarde ibas con tu amiga Yolanda y de repente te paraste debajo de mi portal, empezasteis a escribir algo en la pared, pasaron algunos minutos hasta que os fuisteis. Yo me vestí de inmediato y bajé a la calle a ver que habías escrito, así supe como te llamabas, esa tarde descubrí tu nombre, ya podía dejar de llamarte “la chica del pelo corto”
-es increíble, no puedo creer lo que me estás contando.
-es cierto, es increíble, de hecho no sé como he podido llegar a donde he llegado, de verdad que parece de película, pero es cierto, pero espera, espérate que todavía hay más, mucho más.
-sigue por favor.
-una tarde en el colegio, antes de entrar a clase por la tarde, justo en el momento en que tocaba la sirena para entrar, pasaste tú, ibas con una mochila, así que supuse que ibas al colegio de al lado
-yo fui al Antonio Machado –dijo Patricia.
-yo al Bachiller Alonso López. Todas las tardes esperaba para verte pasar, tú alguna vez que otra correspondías mi observación, pero te mostrabas indiferente y nunca tu mirada sostuvo la mía durante más de un segundo. Después vino el tiempo de salir, de irse de copas con los amigos la noche de los viernes y sábados. Algunas veces hemos coincidido en algún bar, recuerdo como mis amigos me jaleaban para que te dijera algo, para que me presentase, por que Patricia, me tenias loco, eras como un icono de, no digamos del amor, si no de la vida, la de veces que habré ensayado como presentarme, que decirte, sin embargo nunca lo hice
-¿Por qué? –dijo ella.
-supongo que soy un romántico, así te tenia, aunque fuera de forma clandestina, te tenia en mis pensamientos, en mis proyectos de futuro, en mis sueños, te tenia sin peleas, sin reconciliaciones, sin celos, sin monotonía, te tenia con pasión, te tenia sin tu saberlo, si te hubiera dicho algo todo eso hubiera acabado, incluso es posible que hubiera tenido algo contigo, ahora podrías ser mi novia, pero actuando existía un porcentaje de perderte, por muy bajo que este fuese existía, de esa manera te tendría siempre. Te idolatraba Patricia, no sé si puedes entender esto, para mi eras como una real ilusión para toda la vida.
Ella se quedó mirándome, su cara reflejaba incredulidad y sus ojos brillaban, me miraba casi sin pestañear.
-todo esto que me estás contando –Patricia hizo una pausa, sus ojos brillaban y daba la impresión de estar a punto de llorar-. Todo lo que me has dicho es cierto y no pregunto, afirmo, por que nunca he escuchado que alguien me hablará de sus sentimientos con tanta sinceridad.
-mis palabras suenan sinceras por que llevan más de quince años calladas. Muy pocas veces las palabras salen con tanta convicción, muy pocas veces las palabras salen del alma para ser escuchadas desde el alma.
-se está haciendo tarde –dijo Patricia mirando su reloj-. Yo creo que Yoli se ha ido directamente a la tienda, ¿Qué hora es? Se me ha vuelto a parar el reloj
-las nueve y media –dije.
-entro a trabajar a las diez, pero no me apetece ir, ¿tu tienes algo que hacer? Quiero decir que si te parece nos vamos a un sitio más tranquilo y me sigues contando tu historia
-de acuerdo, creo que me tomaré el día libre –dije.
Mientras Patricia llamaba por teléfono, imaginé que a su jefe, yo pagué los desayunos y salí a la calle. Había dejado de llover pero el cielo estaba oscurísimo y todo alrededor estaba de color grisáceo. Las cosas eran sombras y las sombras un poco de color.
Caminamos unos metros, uno al lado del otro, de vez en cuando Patricia me miraba y me sonreía, yo la devolvía el gesto. Poco a poco la pesada carga iba desapareciendo, poco a poco iba soltando de la bodega de mis recuerdos los sentimientos no encontrados con la persona que ahora caminaba junto a mí.
Entramos a un solitario café, solo había dos personas charlando en voz baja, sin duda aquí estaríamos más tranquilos.
-¿Qué quieres tomar? –dije.
-no sé, un batido de vainilla –dijo, tenia las manos metidas en los bolsillos, su pelo moreno caía sobre sus hombros, algunos mechones estaban entremetidos entre su cuello y la chaqueta, acerqué mi mano con lentitud y liberé la melena, ella agradeció el gesto, y sus pestañas se sobrecogieron, no se alarmó, no dijo nada.
-dos batidos de vainilla por favor – le dije al camarero.
Nos sentamos en una mesa al final del café, no veíamos a nadie, parecía que estábamos solos.
-puede que todas las veces que pasaste por mi calle, no fuera cosa del destino y si de tus clases de inglés, puede que tampoco el destino tuvo nada que ver con que fueras al colegio que estaba al lado del mío, todo se debió a que somos casi vecinos y tenias que ir o al mío o a ese, también admito que no fue el destino quien nos unió en el instituto, ya que fui yo el que sabiendo que tu ibas al Giner De los Ríos me inscribiera en este para estar cerca de ti
-¡te apuntaste al mismo instituto que yo a propósito! ¡Para estar cerca de mí! –dijo interrumpiendo mi razonamiento y abrió tanto la boca que pude observar sus dientes.
-si, así es.
-es increíble, no puedo creerlo, ¿de verdad?
-que sí, lo hice, ¿Por qué no iba a hacerlo? Que mas me daba ir a un instituto u otro, así podía verte, podía seguir viéndote.
-¿y como te enteraste?
-bueno, en realidad fue un mes más tarde, yo en principio me matriculé en el Joan Miró, pero una tarde yo charlaba con un amigo y tu pasaste por mi lado, yo me quedé observándote como siempre, mi amigo me dijo: “¿te gusta esa chica?” Yo no le conteste, no le dije nada, pero el dijo: “viene a mi instituto”. Entonces el lunes siguiente cambie mi matricula.
Patricia arqueo sus cejas y abrió los ojos con admiración.
-Deja que te siga contando. Como te iba diciendo admito todo lo que estuvo en mi mano e inconscientemente también en la tuya, pero existe algo de magia en todo esto, que ni yo busque ni tu ejerciste. Me explico, una tarde cuando volvía a mi casa, no recuerdo de donde venia, quizá del gimnasio, me encontré una especie de plástico transparente y dentro del mismo un DNI junto con una cartilla de la seguridad social, cuando vi tu foto no podía creérmelo, me quedé paralizado.
-¿tú lo encontraste? ¿Tú lo metiste en mi buzón? –dijo Patricia interrumpiendo mi relato.
-si, de todas las personas que podían haber encontrado aquella documentación fui yo quien la vio ahí tirada en el suelo, delante de mi, que cosa tan maravillosa, tan increíble, como te digo algo o alguien intervino en aquella ocasión, el azar, yo que sé, pero allí estaba yo con tu DNI en mi mano, no podía parar de reír, lo guarde en mi bolsillo y me fui a mi casa pensando en la de posibilidades que se me abrían en aquel momento.
-no sé que decir, todo esto es tan surrealista. Hoy en principio debería haber sido un día normal, entré en esa cafetería por casualidad, de repente apareces tú y te decides a contarme todo esto, que sin duda me encanta, es todo tan bonito.
-el caso es que pensé en escribirte una carta, aprovechar la ocasión de haber encontrado tus documentos para devolvértelos con un escrito explicándote todos mis sentimientos, mis amigos me alentaron a hacerlo, “que mejor ocasión para decirle todo lo que sientes, pero no por carta en cuanto la veas le das su documentación y de paso te presentas”. Pero no, el riesgo de perderte, era mucho mayor a mis deseos de conocerte. Después de meditarlo mucho, pensé que lo mejor era devolverte la documentación sin más, así que hice una fotocopia de tu DNI y una tarde fui a la dirección que figuraba en el mismo, llamé a uno de los telefonillos y me presenté como el cartero comercial, me abrieron enseguida, entré y busque tu buzón, allí estaba tu nombre junto con el de tus padres, bese tus documentos y los introduje dentro del mismo.
-mi madre me lo dio al día siguiente, gracias. Podías habérmelo dado en mano, yo que sé, me hubiera gustado agradecértelo, puedo entender que yo te gustase, pero no entiendo porque nunca me hablaste, nunca te presentaste, y teniendo una ocasión tan clara de haber iniciado una conversación conmigo con la excusa de devolverme mi documentación, no sé por que no lo hiciste. No lo entiendo.
-no necesitas entenderlo Patricia, como tampoco necesitas entender que cuando digo tu nombre, incluso ahora que el paso de los años ha derrotado mis sueños, no suena tu nombre si no mi razón de ser.
-¿Por qué yo? Tampoco soy nada del otro mundo, soy una chica normal, además no puedes sentir nada por mí, tu mismo lo has dicho, no me conoces.
-precisamente por eso, no te conozco. Y aunque tu mirada te infravalora, tú no lo hagas, no eres una chica normal, eres muy atractiva. Muchas veces he pensado que lo que me estaba pasando rozaba la locura, lo absurdo. A ver si consigo que lo entiendas, si te hubiera dicho algo, si me hubiera presentado y en un momento dado hubiera conseguido seducirte, hubieras sido una más, una relación más, como te he comentado antes incluso ahora podrías ser mi novia, pero todo lo mágico, todo lo místico, toda la admiración que sentía por ti, en algún momento se hubiera perdido, a lo mejor no ahora, ni dentro de diez años, quizá nunca, pero hubiera sido distinto.
-quizá mejor –dijo ella.
-supongo, no lo sé, ahora que lo dices, creo que solo fue miedo, miedo al rechazo.
Los dos nos quedamos en silencio, mirándonos, pero en esta ocasión era diferente, nos mirábamos entendiéndonos, ella sabía que yo existía porque estábamos hablando, compartíamos mesa y dialogo, la conversación callada que durante tanto tiempo no se había producido estaba saliendo con total fluidez, escribiéndose en un nuevo capitulo con resultados todavía desconocidos.
-Ya sabía casi todo de ti, en algunos casos por mis, llamémoslas investigaciones, o bien por causa del destino. Recuerdo que un catorce de febrero en una pagina de Internet ofrecían la posibilidad de enviar bombones gratis a la persona querida, una chorrada de estas de Internet para dar publicidad a una nueva compañía de teléfonos móviles. No desperdicié la ocasión.
-¡fuiste tú el de los bombones! –los grandes ojos de Patricia se abrieron como pozos.
-si –dije frunciendo el ceño y torciendo el gesto.
Patricia empezó a mover su cabeza de un lado a otro, me miraba, de repente comenzó a reírse, cada vez con más fuerza, me contagió la risa y a los pocos segundos los dos estábamos riéndonos a carcajadas, nos mirábamos y nos reíamos.
-luego vino una gran decepción –dije y dejé de reírme, ella hizo lo propio.- Te echaste un novio, para más castigo, os apuntasteis a la misma autoescuela que yo. Tuve que veros juntitos, es cierto que nunca os vi besaros, si pasear de la mano por la calle, si en algún bar de copas. Nunca tuve la sensación de que eras feliz al lado de ese chico, quiero decir que nunca te veía reírte a su lado, e incluso una vez os vi discutir acaloradamente. Desde ese momento perdiste protagonismo, ya que le observaba más a él que a ti, me comparaba con él, pensaba si era realmente el chico que merecías, que yo no hubiera intentado algo contigo era cosa mía, pero tú te merecías y te mereces lo mejor.
-era un payaso, nunca fui feliz a su lado, por eso lo dejé. A parte él también se cansó de mí. Es que yo soy muy celosa, a lo mejor también lo sabes, pero puedo llegar a ser muy absorbente, hiciste bien en no decirme nada –Patricia hizo amago de reírse.
-no, no sabía que fueras celosa, aunque pueda parecer lo contrario, no te conozco.
-lo demás no tiene importancia, encuentros casuales, miradas furtivas, descaradas, miradas borrachas, incluso infieles. Todas mis novias te han conocido, les hablaba de ti, les decía: “mira he estado enamorado de esa chica durante años” ellas te miraban celosas, alguna te insultaba, yo les contaba toda la historia, bueno había capítulos que todavía no se habían escrito, pero les contaba lo que hasta ese momento había pasado y ellas se ponían celosas e intentaban cambiar de tema. Una vez que te conocían, que sabían de tu existencia y lo que habías significado para mi, tenía que mirarte sin que ellas se dieran cuenta. Tú eras la única a la que podía dirigir mi mirada para entregártela sin miedo a perderla.
Permanecimos en silencio durante algunos minutos, Patricia suspiraba y clavaba sus ojos negros sobre mí.
-¿y ahora que? –dijo de pronto.
-¿Qué de que?
-¿Qué sientes por mi? –dijo.
-lo mismo de siempre, eres el sueño inalcanzable que no quiero que se haga realidad, por miedo a volver a dormirme y sufrir una pesadilla.
-Sergio, todo esto que me has contado es precioso.
-un momento –dije y la voz casi no podía salir de mi garganta.- ¿Cómo sabes mi nombre?
-quizá te conozco más de lo que tú te crees –dijo ella.- Es una larga historia, casi tanto como la tuya. Salgamos de aquí, demos un paseo.
-sí, claro, estoy ansioso por escucharte., de momento tenemos todo el día…
© Sergio Becerril 2007
Voz - Relato 18
VOZ
Se dio cuenta en el coche, de camino al trabajo, en el estribillo de la canción que sonaba en ese momento por la radio, de repente Frank había perdido la voz. No la voz propiamente dicha, él podía hablar, incluso gritar, pero no podía cantar, había perdido su voz artística, su inconfundible tono, su capacidad de llegar donde llegaban los cantantes profesionales, así, sin más, de buenas a primeras había perdido la voz.
En un primer momento no dio importancia a lo sucedido. Carraspeo un poco y espero a la siguiente estrofa. Se sintió incomodo por no recordar la canción que en ese momento sonaba, apenas podía recordar el estribillo, y pensó que quizá era por ello por lo que su generosa voz no salía en aquella canción. Recordó por fin la letra y en el momento de subir de tono no pudo alcanzar al cantante, que con grandeza, sonaba por los altavoces del vehículo.
En ese trayecto ya no cantó más, decidió descansar su voz, y empezó a pensar en las razones de tan magnánima perdida. Quizá he cogido frío, me estaré acatarrando, a lo mejor la canción que canté ayer en la ducha me ha irritado la garganta, si es que ya decía yo que no tenía que esforzarme tanto en algunas canciones, sobre todo en los finales... pensaba para si.
Hay que decir que siempre cantaba, fuera la canción que fuera, siempre cantaba. Ya desde pequeñito Frank tenía cierto arte para la canción, a medida que fue creciendo, su voz también fue cambiando, pero el tono, la fuerza, y la capacidad de adaptar su voz a la voz que sonaba en ese momento eran asombrosas. Si cantaba un bolero la voz de Frank sonaba suave, si era una canción Pop la voz tornaba dinámica y expresiva, si sonaba flamenco su fonética cambiaba adaptándola a los dejes andaluces. Disponía de tantos recursos que ninguna canción se le resistía.
Para Frank su voz era importante, y lo era por que sí, ya que no era cantante, tampoco actuaba los fines de semana en ningún lugar, es más, la única persona que disfrutaba de su voz era él mismo. La importancia que cada uno damos a ciertas cosas de la vida, hace que todo esto, la historia pasada y futura, tenga variopintos contornos y sabores. Y eso en parte es lo que nos hace diferentes.
Un par de días más tarde, la voz de Frank se volvió a quebrar mientras cantaba “Sin Documentos” de “Los Rodríguez”. La canción acabó y Frank seguía haciendo pruebas con su garganta, carraspeaba, tosía con fuerza, pronunciaba las vocales a media voz, hablaba para ver si su voz sonaba igual que ayer, nada, todo perfecto, su voz sonaba como siempre, la garganta no le dolía, podía gritar e incluso cantar en ciertos tonos, pero a la hora de forzar la voz, esta se resistía a salir, de buenas a primeras se le había instalado un limitador de voz en la garganta, haciéndole creerse un inútil para la canción.
Al día siguiente Frank se encontró con Delia, una antigua novia y ahora amiga. La relación era estrecha, se reunía cada poco tiempo con ella para tomar café, ir al cine, o tomar alguna copa después del trabajo. En este día la cita fue casual, se encontraron por la calle, y de mutuo acuerdo decidieron tomar un café en un bar cercano.
Delia hablaba y Frank simulaba escucharla, en realidad Frank pensaba en su problema, y en por que su voz no sonaba como antes. Después de algún rato, decidió contar a su amiga su problema.
-Delia, he perdido mi voz – dijo Frank de repente.
-¿Por qué dices eso? Yo te escucho muy bien
-No me refiero a esta voz, sino mi voz artística
-¿Eres cantante? ¿Desde cuándo? –dijo Delia confundida.
-No, no soy cantante, ni mi voz me da de comer, pero desde hace unos días no puedo cantar, cuando intento llegar a los tonos más altos de la canción simplemente no llego, no alcanzo al cantante cuando antes si lo hacía
-Puede que estés acatarrado, o que hayas cogido frío, quizá en alguna canción te lastimaste un poco alguna cuerda vocal, yo que sé Frank, no des importancia a esas cosas –dijo Delia esbozando una sonrisa, y omitiendo intencionadamente, y en vista de la cara de preocupación de Frank, una sonora carcajada.
-Sí, puede ser –dijo Frank apesadumbrado.
Con el paso de los días, el problema fue creciendo, no físicamente pero sí en lo psicológico. La voz de Frank no había empeorado, pero tampoco había mejorado, y la frustración que sentía al cantar sus canciones preferidas era equiparable a la perdida de un ser querido.
Y como cualquier problema, este también le quitó el sueño a Frank. Se pasaba largas noches pensando en el motivo que le había hecho perder su tono. El fútbol, mi Madrid, habrá sido por animar al equipo cada quince días en el Bernabeu, si es que ya decía yo que no podía esforzarme tanto, si además ni siquiera pueden oírme, dudo mucho que desde el tercer anfiteatro los jugadores me oigan, este fue el ultimo pensamiento antes de amanecer, y aquella noche no durmió.
Frank dejó de rendir en el trabajo, y de cantar, las palabras de su antigua amiga Delia retumbaban en su cabeza: “...no des importancia a esas cosas”. Y a que voy a dar importancia entonces, se descubrió gritando.
La psicosis de Frank fue tomando tal magnitud que empezó a odiar la música, quitó el radiocasete del coche, ahora solo se veía un hueco cuadrado y unos cables colgando, tiró su Ipod, y la minicadena de su casa, metió en una bolsa de basura todos sus Cd´s. Cuando caminaba por la calle y sonaba alguna canción se tapaba los oídos, y como la música estaba presenta en cada esquina, y frecuentemente en todos los sitios por los que pasaba, se compró unos tapones para los oídos, cuando se los puso el mundo dejó de sonar. Sin embargo la música seguía sonando dentro de su cabeza, una canción, después otra, y otra, y otra más, por su cabeza sonaban todas sus canciones preferidas, incluso durmiendo la música sonaba.
Un día, mientras sonaba en la cabeza de Frank una de tantas canciones, intentó cantarla, empezó tarareando, después vocalizando algunas letras, a mitad de la canción su voz sonaba fuerte, llegaba a los tonos altos sin ningún problema, había recuperado la voz. Sintió tanta alegría que decidió quitarse los tapones que dos meses antes se había puesto en los oídos, busco algún medio con el que reproducir alguna canción, pero le fue imposible, había tirado hasta la televisión, pero eso no fue impedimento para que Frank no fuera el hombre más feliz de la tierra, de repente una buena canción le vino a la cabeza, y como antes empezó a sonar como si saliera de unos altavoces, ahora sin tapones en los oídos escucharía su voz con toda su fuerza y vitalidad de siempre, los primeros acordes comenzaron a escucharse en su interior y comenzó a cantar, el principio fue bien y su tono bueno, pero no lanzó las campanas al vuelo, en el estribillo se escucharía si realmente había recuperado su voz, y llegó a los pocos minutos, y Frank llegó, que digo llegó, superó a la voz cantante profesional que sonaba en su cabeza, sí, definitivamente había recuperado su voz.
Fue tanta la alegría experimentada en aquel momento por Frank, que decidió salir al balcón a terminar la canción, y entre aspavientos con sus brazos y gesticulaciones artísticas se descubrió semidesnudo en la terraza. Por suerte nadie lo miraba, la gente pasaba como ausente por debajo de la terraza de Frank e ignorando su voz, en realidad nadie lo escuchaba, su voz como la canción sonaban en su interior.
Entró de nuevo en su casa y cerró el balcón.
-No entienden el arte, no saben apreciar una buena voz -dijo Frank para sí. Y esto es literal, ya que aunque él creyó hablar en voz alta, nadie podría haberle escuchado, pues ningún sonido salió de su boca.
© Sergio Becerril 2007
O´Henry - El regalo de los Reyes Magos
Se acerca la "Consumidad", nada mejor que leer en estos tiempos navideños que el relato del escritor estadounidense O´Henry titulado "El regalo de los Reyes Magos", o como le gustó titularlo a Borges "Los regalos perfectos".
Esto es literatura con mayúsculas, espero que les guste. Feliz Navidad.
Evidentemente no había nada que hacer fuera de echarse al miserable lecho y llorar. Y Delia lo hizo. Lo que conduce a la reflexión moral de que la vida se compone de sollozos, lloriqueos y sonrisas, con predominio de los lloriqueos.
Mientras la dueña de casa se va calmando, pasando de la primera a la segunda etapa, echemos una mirada a su hogar, uno de esos departamentos de ocho dólares a la semana. No era exactamente un lugar para alojar mendigos, pero ciertamente la policía lo habría descrito como tal.
Abajo, en la entrada, había un buzón al cual no llegaba carta alguna, Y un timbre eléctrico al cual no se acercaría jamás un dedo mortal. También pertenecía al departamento una tarjeta con el nombre de "Señor James Dillingham Young".
La palabra "Dillingham" había llegado hasta allí volando en la brisa de un anterior período de prosperidad de su dueño, cuando ganaba treinta dólares semanales. Pero ahora que sus entradas habían bajado a veinte dólares, las letras de "Dillingham" se veían borrosas, como si estuvieran pensando seriamente en reducirse a una modesta y humilde "D". Pero cuando el señor James Dillingham Young llegaba a su casa y subía a su departamento, le decían "Jim" y era cariñosamente abrazado por la señora Delia Dillingham Young, a quien hemos presentado al lector como Delia. Todo lo cual está muy bien.
Delia dejó de llorar y se empolvó las mejillas con el cisne de plumas. Se quedó de pie junto a la ventana y miró hacia afuera, apenada, y vio un gato gris que caminaba sobre una verja gris en un patio gris. Al día siguiente era Navidad y ella tenía solamente un dólar y ochenta y siete centavos para comprarle un regalo a Jim. Había estado ahorrando cada centavo, mes a mes, y éste era el resultado. Con veinte dólares a la semana no se va muy lejos. Los gastos habían sido mayores de lo que había calculado. Siempre lo eran. Sólo un dólar con ochenta y siete centavos para comprar un regalo a Jim. Su Jim. Había pasado muchas horas felices imaginando algo bonito para él. Algo fino y especial y de calidad -algo que tuviera justamente ese mínimo de condiciones para que fuera digno de pertenecer a Jim. Entre las ventanas de la habitación había un espejo de cuerpo entero. Quizás alguna vez hayan visto ustedes un espejo de cuerpo entero en un departamento de ocho dólares. Una persona muy delgada y ágil podría, al mirarse en él, tener su imagen rápida y en franjas longitudinales. Como Delia era esbelta, lo hacía con absoluto dominio técnico. De repente se alejó de la ventana y se paró ante el espejo. Sus ojos brillaban intensamente, pero su rostro perdió su color antes de veinte segundos. Soltó con urgencia sus cabellera y la dejó caer cuan larga era.
Los Dillingham eran dueños de dos cosas que les provocaban un inmenso orgullo. Una era el reloj de oro que había sido del padre de Jim y antes de su abuelo. La otra era la cabellera de Delia. Si la Reina de Saba hubiera vivido en el departamento frente al suyo, algún día Delia habría dejado colgar su cabellera fuera de la ventana nada más que para demostrar su desprecio por las joyas y los regalos de Su Majestad. Si el rey Salomón hubiera sido el portero, con todos sus tesoros apilados en el sótano, Jim hubiera sacado su reloj cada vez que hubiera pasado delante de él nada más que para verlo mesándose su barba de envidia.
La hermosa cabellera de Delia cayó sobre sus hombros y brilló como una cascada de pardas aguas. Llegó hasta más abajo de sus rodillas y la envolvió como una vestidura. Y entonces ella la recogió de nuevo, nerviosa y rápidamente. Por un minuto se sintió desfallecer y permaneció de pie mientras un par de lágrimas caían a la raída alfombra roja.
Se puso su vieja y oscura chaqueta; se puso su viejo sombrero. Con un revuelo de faldas y con el brillo todavía en los ojos, abrió nerviosamente la puerta, salió y bajó las escaleras para salir a la calle.
Donde se detuvo se leía un cartel: "Mme. Sofronie. Cabellos de todas clases". Delia subió rápidamente Y, jadeando, trató de controlarse. Madame, grande, demasiado blanca, fría, no parecía la "Sofronie" indicada en la puerta.
-¿Quiere comprar mi pelo? -preguntó Delia.
-Compro pelo -dijo Madame-. Sáquese el sombrero y déjeme mirar el suyo.
La áurea cascada cayó libremente.
-Veinte dólares -dijo Madame, sopesando la masa con manos expertas.
-Démelos inmediatamente -dijo Delia.
Oh, y las dos horas siguientes transcurrieron volando en alas rosadas. Perdón por la metáfora, tan vulgar. Y Delia empezó a mirar los negocios en busca del regalo para Jim.
Al fin lo encontró. Estaba hecho para Jim, para nadie más. En ningún negocio había otro regalo como ése. Y ella los había inspeccionado todos. Era una cadena de reloj, de platino, de diseño sencillo y puro, que proclamaba su valor sólo por el material mismo y no por alguna ornamentación inútil y de mal gusto... tal como ocurre siempre con las cosas de verdadero valor. Era digna del reloj. Apenas la vio se dio cuenta de que era exactamente lo que buscaba para Jim. Era como Jim: valioso y sin aspavientos. La descripción podía aplicarse a ambos. Pagó por ella veintiún dólares y regresó rápidamente a casa con ochenta y siete centavos. Con esa cadena en su reloj, Jim iba a vivir ansioso de mirar la hora en compañía de cualquiera. Porque, aunque el reloj era estupendo, Jim se veía obligado a mirar la hora a hurtadillas a causa de la gastada correa que usaba en vez de una cadena.
Cuando Delia llegó a casa, su excitación cedió el paso a una cierta prudencia y sensatez. Sacó sus tenacillas para el pelo, encendió el gas y empezó a reparar los estragos hechos por la generosidad sumada al amor. Lo cual es una tarea tremenda, amigos míos, una tarea gigantesca.
A los cuarenta minutos su cabeza estaba cubierta por unos rizos pequeños y apretados que la hacían parecerse a un encantador estudiante holgazán. Miró su imagen en el espejo con ojos críticos, largamente.
"Si Jim no me mata, se dijo, antes de que me mire por segunda vez, dirá que parezco una corista de Coney Island. Pero, ¿qué otra cosa podría haber hecho? ¡Oh! ¿Qué podría haber hecho con un dólar y ochenta y siete centavos?."
A las siete de la noche el café estaba ya preparado y la sartén lista en la estufa para recibir la carne.
Jim no se retrasaba nunca. Delia apretó la cadena en su mano y se sentó en la punta de la mesa que quedaba cerca de la puerta por donde Jim entraba siempre. Entonces escuchó sus pasos en el primer rellano de la escalera y, por un momento, se puso pálida. Tenía la costumbre de decir pequeñas plegarias por las pequeñas cosas cotidianas y ahora murmuró: "Dios mío, que Jim piense que sigo siendo bonita".
La puerta se abrió, Jim entró y la cerró. Se le veía delgado y serio. Pobre muchacho, sólo tenía veintidós años y ¡ya con una familia que mantener! Necesitaba evidentemente un abrigo nuevo y no tenía guantes.
Jim franqueó el umbral y allí permaneció inmóvil como un perdiguero que ha descubierto una codorniz. Sus ojos se fijaron en Delia con una expresión que su mujer no pudo interpretar, pero que la aterró. No era de enojo ni de sorpresa ni de desaprobación ni de horror ni de ningún otro sentimiento para los que que ella hubiera estado preparada. Él la miraba simplemente, con fijeza, con una expresión extraña.
Delia se levantó nerviosamente y se acercó a él.
-Jim, querido -exclamó- no me mires así. Me corté el pelo y lo vendí porque no podía pasar la Navidad sin hacerte un regalo. Crecerá de nuevo ¿no te importa, verdad? No podía dejar de hacerlo. Mi pelo crece rápidamente. Dime "Feliz Navidad" y seamos felices. ¡No te imaginas qué regalo, qué regalo tan lindo te tengo!
-¿Te cortaste el pelo? -preguntó Jim, con gran trabajo, como si no pudiera darse cuenta de un hecho tan evidente aunque hiciera un enorme esfuerzo mental.
-Me lo corté y lo vendí -dijo Delia-. De todos modos te gusto lo mismo, ¿no es cierto? Sigo siendo la misma aún sin mi pelo, ¿no es así?
Jim pasó su mirada por la habitación con curiosidad.
-¿Dices que tu pelo ha desaparecido? -dijo con aire casi idiota.
-No pierdas el tiempo buscándolo -dijo Delia-. Lo vendí, ya te lo dije, lo vendí, eso es todo. Es Nochebuena, muchacho. Lo hice por ti, perdóname. Quizás alguien podría haber contado mi pelo, uno por uno -continuó con una súbita y seria dulzura-, pero nadie podría haber contado mi amor por ti. ¿Pongo la carne al fuego? -preguntó.
Pasada la primera sorpresa, Jim pareció despertar rápidamente. Abrazó a Delia. Durante diez segundos miremos con discreción en otra dirección, hacia algún objeto sin importancia. Ocho dólares a la semana o un millón en un año, ¿cuál es la diferencia? Un matemático o algún hombre sabio podrían darnos una respuesta equivocada. Los Reyes Magos trajeron al Niño regalos de gran valor, pero aquél no estaba entre ellos. Este oscuro acertijo será explicado más adelante.
Jim sacó un paquete del bolsillo de su abrigo y lo puso sobre la mesa.
-No te equivoques conmigo, Delia -dijo-. Ningún corte de pelo, o su lavado o un peinado especial, harían que yo quisiera menos a mi mujercita. Pero si abres ese paquete verás por qué me has provocado tal desconcierto en un primer momento.
Los blancos y ágiles dedos de Delia retiraron el papel y la cinta. Y entonces se escuchó un jubiloso grito de éxtasis; y después, ¡ay!, un rápido y femenino cambio hacia un histérico raudal de lágrimas y de gemidos, lo que requirió el inmediato despliegue de todos los poderes de consuelo del señor del departamento.
Porque allí estaban las peinetas -el juego completo de peinetas, una al lado de otra- que Delia había estado admirando durante mucho tiempo en una vitrina de Broadway. Eran unas peinetas muy hermosas, de carey auténtico, con sus bordes adornados con joyas y justamente del color para lucir en la bella cabellera ahora desaparecida. Eran peinetas muy caras, ella lo sabía, y su corazón simplemente había suspirado por ellas y las había anhelado sin la menor esperanza de poseerlas algún día. Y ahora eran suyas, pero las trenzas destinadas a ser adornadas con esos codiciados adornos habían desaparecido.
Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:
-¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!
Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:
-¡Oh, oh!
Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.
-¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.
En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.
-Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.
Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.
Rubén Darío - Lo fatal
Gracias a alguien no soy la única persona que escribe, y aunque la poesía no es un genero que consuma en grandes cantidades, de vez en cuando me gusta leer buenos poemas, de Darío, Lorca, Machado, Salinas, etc.
En este "semidía" en el que las nieves y las aguas se mezclan, dejando el cielo gris y la ciudad sin brillo, les dejo que paladeen buenos versos, su espíritu se lo agradecerá.
Que lo disfruten.
Rubén Darío - Lo fatal
Soledad o no - Relato 17
C se sentía solo, todos sus amigos se habían echado novia, no tenia a nadie, se le ocurrió iniciar alguna actividad para conocer gente, pensó en hacer un Curso de Cocina, pero enseguida desechó la idea, también pensó en apuntarse a un gimnasio, ¡que pereza!, descartó todas las propuestas que se hizo.
Al día siguiente C pudo leer en el periódico el siguiente anuncio: “ Asociación Argú organiza este fin de semana su tradicional plantación de árboles, ¡anímese! “, esa idea si le gustó a C, se entusiasmó con la idea de plantar un árbol, seria algo especial, se ilusionó tanto que llamó enseguida para apuntarse.
Llego el gran día, había quedado a las doce en la calle Gabriel y Luna, no se arregló mucho, se vistió para causar buena impresión pero sin llegar a llamar la atención.
Cuando llegó, vio a un grupo de gente congregados sobre unas cajas, un hombre iba repartiendo una bolsita pequeña con semillas, cuando C iba a coger su bolsa una mujer se le adelantó, - no se preocupe, coja una, coja...-, una oportunidad para hacer amistad, pensó C, pero no fue así, ya que la señora cogió su bolsita y se marchó sin mirarle. Cuando todos tuvieron su bolsita con las semillas, incluido C, un hombre con un magnetófono indicaba donde irían a plantar las semillas, tenían que andar hasta un prado cercano.
Mientras caminaban C intentaba arrimarse a otra gente para hablar de algo, pero nadie le dirigía la palabra, nadie lo hablaba, pero C no se vino abajo, andaba algo mas rápido y escogía a otra persona, se ponía a su lado, pero nada, al quinto intento fallido de entablar alguna conversación se rindió, y así caminó, solo y sin hablar con nadie hasta el prado.
Cuando llegaron, el único objetivo de toda la actividad era plantar las semillas, y así lo hicieron, después la gente se dispersó por varios caminos, C intentó seguir a uno, a otro, pero nada, pasaron pocos segundos y allí se quedó, solo en medio del prado.
De repente una mujer se acercó a él, ¡C vio que no todo estaba perdido!, era su ultima oportunidad, caminó hacía la mujer.
-ha estado bien la actividad, ¿verdad?, ¡plantar un árbol!, luego, cuando crezca, podremos decir orgullosos: “este árbol lo planté yo”, ¿no? – le dijo a la mujer.
Tras unos segundos de incredulidad, la mujer le miró.
-A mí que me cuenta –dijo indignada-. De que me está usted hablando, yo voy a comprar el pan.
© Sergio Becerril 2007

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