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La inexistencia del Hado - Novela - Capitulo 5

LA INEXISTENCIA DEL HADO

CAPITULO 5


El despertador sonó más de lo normal, o al menos eso le pareció a Claudia que lo apagó con más violencia de lo habitual. Era jueves y los madrugones pesaban. Se levantaba a las siete de la mañana, tenía dos horas de viaje hasta el centro comercial donde trabajaba hasta el medio día.
Se tomó un vaso de leche, se duchó y salió de casa como otro día cualquiera, bajó las escaleras como otro día cualquiera, solo se rompió la monotonía de los últimos seis meses cuando llegó a la parada del autobús. Claudia lo miró fijamente, no había estado ahí ninguna mañana, o al menos no había notado su presencia, se acercó nerviosa y le saludó.

-¿Alberto? – dijo Claudia a un joven de unos veinticinco años que fumaba un cigarro apoyado en
la cristalera de la parada del autobús.
-Sí, -dijo el chico asombrado, pasaron algunos segundos hasta que Alberto recordó a Claudia-.
¿Qué tal Claudia? – dijo al fín, despues sonrió, se le notó en exceso, a pesar de que trato de
ocultarlo, que le hacia ilusión verla de nuevo.
-Bien, bien – Claudia hizo una pausa, tragó saliva y prosiguió-. ¿qué haces aquí?
-Pues ya ves, hoy es mi primer día en un nuevo trabajo, entro a las ocho y media, llevo tres
meses sin dar un palo al agua y ahora... ¡Vaya! ¡Que alegría verte! ¿Y tú? Cuéntame que es de
tu vida.
-Yo también voy a trabajar, pero no es mi primer dia, es otro día cualquiera, ojalá fuera mi
primer día de trabajo como tú, recuerdo la excitación de mi primer día, eso ya no se vuelve a
sentir – Claudia dejó fija su mirada en un vacio interminable, despues continuó hablando-.
¿Cuánto tiempo ha pasado?, pensé en llamarte, pero creí que seria mejor no molestarte,
¿Acabaste la carrera? – le preguntó Claudia.
-No, lo tuve que dejar. En mi casa hacia falta dinero y tuve que trabajar, los trabajos de media
jornada no eran suficiente para ayudar en casa, tuve que buscar un trabajo de jornada
completa, y así me fue imposible seguir estudiando.

El autobús de Claudia llegó, no se dio cuenta, de no ser porque un compañero de trabajo la avisó dando repetidos toques en el cristal del autobús.

-Bueno, pues este es mi autobús, podríamos vernos en otra ocasión, tomarnos un café o algo
-vale, dáme tu teléfono te llamaré – Alberto apuntó el teléfono en su móvil.
-Bueno, pues hasta luego – Claudia dio dos besos a Alberto y se subió apresuradamente al
autobús, antes de hacerlo miro fijamente a Alberto, y no dejó de hacerlo hasta que el autobus
giró en dirección a otra calle.

Después de varios intentos cogieron el teléfono.

-Dígame – era la voz de una mujer.
-Hola, mire no sé quien es usted, pero tenia una llamada perdida en mi móvil de este numero –
mintió Carlos.
-Pues no sé hijo, este es el teléfono de la asociación Esperanzados, somos una asociación de apoyo
a la gente con enfermedades terminales.
-ah, vaya – hizo una pausa -. Me gustaría que me diera información – dijo Carlos sin pensar lo
que acababa de decir.
-Si, encantada, pero veras, es mejor que nos visites así te enteras mejor y de paso nos conoces,
¿quieres?

La asociación, se llamaba Esperanzados, a Carlos le resulto interesante. Además últimamente estaba muy sensibilizado con las enfermedades veneras, el mismo creía que se había contagiado de sida. Por eso y para intentar esclarecer por que había aparecido esa tarjeta dentro de su coche, decidió hacerles una visita.

Había quedado a las cinco pero Carlos llego a las cuatro y media. Tocó el timbre, era una casa particular, una mujer le abrió la puerta.

-Hola, ¿tu eres Carlos? – dijo la mujer.
-Hola, si soy yo, tu Elvira, ¿verdad?
-Si, pasa, pasa

La asociación tenía su sede en un piso particular, Elvira era la presidenta. Invitó a Carlos a tomar asiento, pretendía explicarle el funcionamiento de la asociación y las diversas actividades que hacían.
Elvira era una mujer de unos cuarenta y pocos años, morena, con el pelo corto, bella de cuerpo, atractiva de cara.
Después de servir a Carlos un vaso de agua y sentarse enfrente de él, cogió de encima de la mesa un paquete de cigarrillos, empezó a fumar, y habló.

-Bien, te explico, Esperanzados es una asociación sin animo de lucro, no estamos financiados por
nadie. Nuestra única función es dar apoyo moral a las personas que tienen alguna enfermedad
de transmisión sexual, entre nuestros socios se encuentran personas de todo tipo.
Generalmente son personas seropositivas, que buscan gente que no eche a correr cuando ven
en su cara las manchas del VIH por ejemplo. Esta sociedad esta muy desinformada en cuanto al
sida y otras enfermedades de transmisión sexual se refiere. No saben por ejemplo que no se
contagia el VIH con dar un beso a un seropositivo – Elvira hizo una pausa, dio una gran calada al
cigarrillo, después cruzo sus piernas y prosiguió-. Son personas que en algún momento de su
vida se han visto marginadas por la sociedad, nosotros lo que hacemos es intentar animarlas,
saliendo con ellas, vamos al cine, de copas, organizamos viajes, para que puedan vivir una vida
normal, o por lo menos intentamos que no se sientan solos.
-Ah, es muy interesante, entonces también hay personas sanas, ¿no? – preguntó Carlos.
-Si, claro, la asociación tiene unos treinta y cuatro miembros, y habrá como diez o doce sanos,
que son el pilar de la misma, ya que gracias a ellos los demás no se sienten desplazados, saben
que comparten momentos con gente como ellos pero también con gente sana, que no les tiene
miedo. ¿Sabes que siente una persona con VIH al ver que una sana no le rehuye un abrazo? –
preguntó Elvira.
-Pues no, no lo sé, me imagino que sentirá felicidad, al no sentirse marginado – contestó Carlos
no sabiendo muy bien lo que decía.
-Algo parecido, cuando tienes una enfermedad mortal como lo es hasta ahora ser portador del
VIH, las cosas más simples tienen una importancia brutal, ya no solo por que aprendes a amar
cada segundo de vida, si no por que te vuelves muy sensible, estas muy débil psicológicamente.
Cualquier gesto por muy simple que sea lo agradeces – Elvira, apagó el cigarrillo, se levantó, al
cabo de unos segundos apareció con unas fotos-. No quiero entretenerte mucho, te voy a
enseñar algunas fotos de la excursión que hicimos hace un mes a Londres – empezó a enseñarle
las fotos.

La conversación duró un par de horas, Carlos recibía la información con agrado. Se sentía involucrado con esta causa.
Se habían despedido, Carlos ya se iba pero Elvira lo detuvo.

-Antes de marcharte Carlos, ¿quién te llamó?
-¿perdona? – Carlos no sabia de que estaba hablando.
-Si, ¿qué quien te llamó?, tu dijiste cuando me llamaste que tenias una llamada perdida, ¿no te
dejaron ningún mensaje?
-No, solo había una llamada perdida, por la mañana...
-habrá sido Miselle, le tengo dicho que deje mensaje, bien, pues espero verte muy pronto Carlos.

Cuando Carlos salió del portal se sentía bien. Había decidido pertenecer a aquella asociación, no tenia que pagar nada, iba a ayudar a otra gente, le parecía una buena idea. Además si el era seropositivo le gustaría que hubiera gente así, tan buena. Pensó, por primera vez en su vida ser solidario.
De camino se detuvo a tirar la tarjeta a la papelera, no sabia de quien era, pero ya le daba igual. Sin embargo lo pensó mejor, y la guardó en su bolsillo. Al fin y al cabo si no llega a ser por esa tarjeta no hubiera conocido Esperanzados. Estaba seguro que le traería suerte, la saco del bolsillo y la doblo tres veces, sacó su cartera y la guardó bien guardada, como hacia siempre con las cosas que el creía que le traían suerte.

La inexistencia del Hado - Novela - Capitulo 4

LA INEXISTENCIA DEL HADO

CAPITULO 4

Carlos despertó tres horas después, cuando abrió los ojos se encontró con Roy, que leía una revista de automóviles sentado en una silla al lado de su cama, la habitación estaba iluminada por dos lámparas, ya había anochecido.

-Hombre, por fin el hombre de la cabeza abierta abre los ojos – dijo Roy.
-me duele la cabeza, ¿alguien tiene un gelocatil? – el aspecto de Carlos era poco saludable,
vestía una bata blanca, y tenía la cabeza vendada, además en la caída se había fracturado un
dedo y tenía el brazo derecho escayolado-. ¿tiene usted un gelocatil? – dijo Carlos a un viejecito
que veía la tele en la cama contigua.
-No, y si hacen el favor déjenme ver la tele, ¡desde que su novio llegó no he podido
concentrarme! – dijo enfurecido el hombre.
-¡oiga no hace falta que se ponga así! – respondió Roy
-déjalo Roy, no merece la pena, a cierta edad es mejor estar muerto si vas a estar como ese
-yo no soy su novio, –dijo Roy, después se levantó de la silla y echó una cortina que separaba la
cama de Carlos de la del hombre viejo-. Así esta mejor – dijo mientras sonreía.
-Y bueno, a parte del dolor de cabeza, ¿cómo te encuentras?
-Bien, ¿puedes hablar con la enfermera para ver cuando puedo salir de aquí
-Sí, ahora mismo hablo con ella

Roy Salió de la habitación, habló con la enfermera, y esta a su vez con el medico. Carlos pasaría la noche en el hospital, mañana en vista de cómo estuviese le darían el alta, no antes del mediodía. Roy se despidió de Carlos prometiéndole que mañana vendría a buscarle.

Cuando Roy llegó a casa, Claudia dormía. No había nada de cena, miró en la basura, y vio una bolsa de una hamburguesería, y los restos de comida que Clauida había tirado. Se quitó la ropa y se duchó. Roy odiaba el olor a hospital, después de ponerse el pijama se acostó. Dio dos vueltas en la cama, Claudia seguía durmiendo, empezó a besar su cuello, le acaricio los senos, los besos cobraron más intensidad, sus manos masajeaban con más fuerza los pechos de Claudia.
-quieres dejarme dormir – dijo ella con casi con un grito.
Roy apartó las manos y se dio la vuelta. No era la primera vez que lo rechazaba, la vida sexual de Roy y Claudia se había reducido casi al mínimo, podían hacer el amor dos veces al mes y eso cuando lo hacían, por que había veces que podían estar hasta tres meses sin tocarse; además ahora con el cambio de piso a Claudia no le quedaba tiempo para pensar en el sexo.

Carlos se levantó al servicio. El suelo de la habitación del hospital estaba frío. Todavía le dolía la cabeza. Se miró al espejo, no podía creer lo que veía, su cabeza estaba envuelta con una venda blanca, parecía una momia. Pasó apuros para orinar a causa de la escayola, tuvo que utilizar su mano izquierda que no manejaba muy bien, cuando terminó había manchado parte del suelo, no se entretuvo en limpiarlo. Tiró de la cadena y volvió a la cama.
Mira que, ahora en el hospital, pero por causas muy distintas a las que me imaginaba dentro de un par de años, pensó Carlos. Daba vueltas por la ortopédica e incomoda cama , tardó varias horas en volver a dormirse, lo hizo solo cuando el agotamiento pudo con él. Aquella noche tuvo una pesadilla, la escena era casi igual que en la realidad. Él, tumbado en una cama de hospital, pero con cables por todos los sitios, la venda de la cabeza había dejado paso a una alopecia total y con un aspecto demacrado, huesudo, no para de gritar: ¡Todo es un complot!, ¡Me han tendido una trampa!

A la mañana siguiente la puerta de la habitación se abrió, la enfermera despertó a Carlos, después empezó a quitarle la venda de la cabeza.

-Bueno Carlos, puede ponerse su ropa, el doctor le ha dado el alta – dijo la enfermera.

Carlos bajó de la cama, fue al baño, y al mirarse en el espejo descubrió que había una parte de su cabeza que no tenía pelo, intento ocultar la zona aplastando pelo de otra parte, pero era inútil, se veía que, en el lugar donde le habían dado los puntos, no tenía pelo. Orinó con menos dificultad que la noche anterior y se vistió.
Antes de abandonar el hospital se acercó a una cabina telefonica, y llamó por telefono a Roy, le dijo que no viniera a buscarle que el medico le había dicho que no le darían el alta hasta dentro de tres días. Roy se sorprendió y le prometió que en cuanto saliera de trabajar iría a verle. Carlos para entonces ya estaría en casa y avisaría a Roy que no se molestara en ir al Hospital.
Al salir, Carlos se detuvo. En la puerta de salida había una niña de apenas doce años, estaba sentada en una silla de ruedas, con una bombona de oxigeno alimentándola. Su cabeza, pequeña, no tenia pelo, estaba pálida, y el camisón blanco que la vestía no hacia sino entristecer mas su imagen. Tenía los ojos entornados, y abrazaba un osito de peluche marrón, a Carlos le invadió una terrible tristeza, no podía imaginar que destino le esperaba a aquella niña. Comenzó a llorar y caminó deprisa, sin mirar atrás, alejándose del hospital.

Roy se levantó, Claudia no estaba en la cama, la encontró en la cocina preparándose el desayuno.

-hola amor, ¿qué tal todo? – dijo mientras cogía los hombros de Claudia y le daba un beso en la
nuca.
-Bien – Claudia se dio la vuelta y beso a Roy -. ¿quieres desayunar algo?, estoy haciendo
tostadas
-No, no tengo hambre – Roy hizo una pausa, cogió una naranja del frutero y se sentó en una de
las sillas de la cocina -. Todavía no entiendo como se pudo caer Carlos – lanzó la naranja y volvió
a cogerla, la pasaba de una mano a otra -. Últimamente le veo raro, como preocupado
-Si, es cierto, y ayer te mintió, podía haberte dicho que fueras a buscarle al hospital – dijo
Claudia.
-Bueno, eso no tiene importancia, pero estoy seguro de que le pasa algo

Fue al sacar un billete de la cartera para pagar el periódico cuando Carlos vio la tarjeta que encontró en su coche, y como hace unos días, tampoco ahora sabia de quien era, allí había un teléfono y un nombre, “Miselle”.
Le seguía doliendo la garganta, ahora mucho mas que hace dos días. Se volvió a mirar en el espejo, esta vez no se desmayó. Estaba preocupado, para calmar su ansiedad pensó que era casualidad, que no tenía nada que ver sus anginas con el VIH, después de algunos minutos olvidó el tema.
Esa noche había quedado con Luis para tomar una cerveza, Carlos no se arregló mucho, no estaba feliz o al menos la preocupación no le dejaba estar contento. Se vistió con unos pantalones vaqueros y una camiseta de rayas. Se echó perfume y fue a buscar a Luis.
Cuando salían de copas, lo hacían por la zona, luego, ya entrada la noche, si había que ir mas lejos se cogían el autobús o el metro. Nunca les importó moverse por Madrid fuera la hora que fuese. Aquella noche Carlos no tenia otra idea en la cabeza que no fuera la de cogerse una buena borrachera. Al entrar al primer local a Luis le sorprendió lo rápido que Carlos se bebió la copa, no habían pasado mas de dos horas y Carlos ya había tomado cinco, bebía whisky con coca cola, estaba borracho.

-¿qué pasa tío?, solo son las dos y ya vas ciego – dijo Luis.
-ya...- pasaron algunos segundos hasta que Carlos continuo hablando -. Si, tienes razonn, e que
estoy pensando en emborracharme un rato...
-anda que, vaya tostada macho, ¿quieres que te lleve a casa?
-¿a casa?, ¿mi casa?, mi teléfono, no, estoy bien, ¿dónde vamos? – Carlos tenía un ojo medio
cerrado y otro muy abierto eso significaba que iba tocado por el alcohol.
-Pues yo he quedado con dos amigas dentro de una hora en su casa, pero tu macho, vas fatal, no
me la vayas a liar, es seguro que quieren tema, son chicas fáciles
-Vale, me apunto, vamonos pues
-Esta bien, pero solo te pido dos cosas Carlos, primero que no me falles, y segundo que no te
enamores, son unas chicas muy liberales te harían polvo el corazón, ¿de acuerdo?
-Que sí, que pesado estás, ¿enamorarme yo?

Llegaron a casa de las chicas, Carlos tocó el timbre varias veces, Luis le dio un manotazo para que dejara de llamar. Abrió la puerta una rubia con ojos azules, llevaba un vestido verde y en una de sus manos llevaba una botella de champagne, esbozó una gran sonrisa mostrando sus alineados dientes. Los dos entraron sin vacilar.
Dentro de la casa otra chica, esta morena pero de igual belleza, estaba sentada en el sofá. Fumaba un cigarrillo. En la mesa había cocaína, y vasos de tubo con restos de bebida, la imagen era como de una fiesta recién acabada. Justo cuando el alcohol amenazaba con tumbar a Carlos, la chica rubia puso música, subió el volumen, y el ritmo invadió el salón.

Al día siguiente Carlos amaneció sobre el pecho de una de las jóvenes, en concreto de la morena. No se acordaba de nada, un dolor de cabeza insoportable le obligo a cerrar otra vez los ojos. Abrazó a aquella mujer que según creía le había hecho disfrutar tan solo hace unas horas. Pasaron unos minutos, ella despertó, se quitó de encima a Carlos y salió de la habitación, no volvería a verla jamás.

-Te has enamorado, ¡mira que te dije que no lo hicieses! – exclamo Luis al otro lado del teléfono - ¡pero tu eres tonto o que!, que a esas chicas le gusta mas el sexo que a un tonto un lápiz, no te
das cuenta de que tu fuiste uno más
-Pues no parecía, me dijo que le gustaba mucho mi nariz
-Por favor Carlos, no te creo tan estupido
-¿Pero de verdad que no tienes su teléfono?, y tu amiga, la rubia, ¿tampoco puede localizarla?
-No, verás encontró a tu amor por la calle, antes de llegar nosotros, ellas habían estado jugando,
hicieron guarrerias antes de llegar tu y yo, pero vamos, que no la conoce de nada, ni siquiera
sabe quien es
-madre mía como esta el mundo, ¡que degeneración!, de verdad que no sé que pensar
-piensa que pasaste un rato excepcional y no le des mas vueltas, bueno tengo que dejarte me voy
a la facultad, tengo que recoger unos apuntes, hace una semana que no voy por allí
-vale Luis, hasta luego

A los pocos minutos, Carlos cogió el teléfono y llamó al número de la tarjeta que encontró en su coche. Después de varios tonos colgó. No sabia de quien era, en su coche no subía nadie que no fuera conocido. Iba a tirarla a la basura cuando algo lo detuvo, una intuición, de esas que a uno le dan sin saber por qué. La volvió a guardar en la cartera.

Claudia había tenido un día espantoso, trabajaba de cajera en un centro comercial. Esa mañana había discutido con dos clientes muy bordes, y para colmo, al cerrar no le cuadraba la caja, le faltaban quince euros que tuvo que poner de su bolsillo. Al llegar a casa encontró a Roy durmiendo en el sofá, le molestó verle allí tirado mientras los platos de la noche anterior descansaban en el fregadero. Roy y Claudia despues de cinco años de noviazgo, habían decidido irse a vivir juntos. Una decisión arriesgada, pero se querían y pensaron que no había que esperar más. A pesar de ser jóvenes, tenían veinticuatro años, podían cargar con la responsabilidad de llevar una casa, o al menos eso creían. Aunque a veces Claudia pensaba que se había equivocado, ella fregaba, limpiaba, hacia la compra, Roy solamente trabajaba. Si bien es cierto que la jornada de trabajo de ella era menor, ya que solo trabajaba cinco horas por la mañana, Roy todo el día, cuando se convive hay que compartir las tareas del hogar.
Se quitó la ropa, la dobló y de camino al armario se paró en el espejo, miró su cuerpo con brevedad, en seguida apartó la mirada y siguió su camino hacía el armario, guadró la ropa y se puso el pijama.
En el sofá encendió un cigarrillo y se puso a ver la tele, un programa de preguntas y respuestas que siempre que podía, solia ver, ni ella sabía si por que le gustaba o por mera distracción.

La inexistencia del Hado - Novela - Capitulo 3

LA INEXISTENCIA DEL HADO

CAPITULO 3


Carlos tenia veintiseis años, actualmente estaba en paro, hacia dos meses que había dejado de trabajar. Era Pintor, trabajaba desde los dieciseis años, por ello había decidido tomarse un tiempo de descanso. Se había despedido de su último trabajo, pero por medio de un arreglo con el jefe, pudo cobrar la prestación por desempleo. No era mucho dinero lo que ganaba, pero le daba para pagar sus gastos. Este mismo año se había comprado un coche y un ordenador personal. Después de pagar las deudas le quedaba algo de dinero para él. Vivía solo, en un piso que tenían sus padres, por lo que no tenia que pagar ningún alquiler.

No se puede decir que Carlos fuera un mujeriego, pero cada poco tiempo se le solía ver con una chica distinta. Sin embargo había tomado por norma no enamorarse, sobre todo después de que su ultima novia, con la que había pasado tres años de autentica felicidad, lo dejara plantado sin mas motivo que su propio egoísmo. Eso marcó a Carlos, desde ese momento juro venganza al sexo femenino; el estaba deseoso de enamorarse otra vez, pero su cruzada anti-mujeres, o su mala suerte no lo habían dejado disfrutar nuevamente del amor.
Le gustaba el sexo, y por eso de vez en cuando pagaba por tenerlo, le gustaba ir con profesionales del sexo.

Eran poco más de las siete de la tarde. Una leve brisa movía la cortina del salón donde Carlos descansaba. La tele estaba puesta pero no le prestaba mucha atención. De repente se le ocurrió llamar por teléfono a la Fundación Anti-Sida de su barrio. Había leído mucho sobre la enfermedad, sabia mucho, pero cuanto mas sabia mas dudas le surgían, pensó que llamándoles algunas dudas se disiparían. En ese momento también pensó que no tenia que haber puesto una fecha tan lejana para hacerse los análisis, no sabia si haciéndoselos antes podría ya tener algún resultado. Se levantó del sillón y busco en la guía el número de la fundación, no tardo mucho en encontrarlo. Cogió el auricular y marcó el teléfono.

-Fundación anti-Sida, dígame – una voz de mujer atendió la llamada de Carlos.
-Hola, mire llamaba para hacerle una pregunta, ¿en cuanto tiempo se puede diagnosticar si soy
seropositivo?
-Pues depende del individuo, el virus ataca al organismo progresivamente, los anticuerpos
aparecen antes de tres meses, después de ese periodo, es decir, pasados tres meses se podría
saber si hay infección.

La mujer se había quedado tan contenta soltando el “discursito”, Carlos tuvo que ser más explicito con la pregunta.

-Vera, me refiero a que si yo he tenido una situación de riesgo hace cuatro días, si me hago la
prueba mañana, ¿se podrá saber?, ¿hay probabilidad de que ya se puedan detectar los
anticuerpos? – Carlos intentó esforzarse, preguntaba esperando respuestas sabias, o al menos
esperanzadoras.
-Pues mire, la prueba no detecta el virus en si, lo que detecta son los anticuerpos que crea el
organismo contra el propio virus, depende de cada persona, hay personas que en dos días se les
ha detectado, a otras no se le ha detectado nada hasta pasados cinco meses, ya le digo, depende
de la persona.
-Vale gracias – Carlos finalizó la llamada sin dejar que la chica se despidiera.

Volvió al sillón y cambió de canal, tras varios intentos apagó la tele.

Es increíble, pensó, en pleno siglo veintiuno y que sigamos así, el teléfono de la Fundación era un 900, seguramente estaba atendido por voluntarios, si Carlos se pusiera a atender alguna de esas llamadas, después de todo lo que había leído, ayudaría muchísimo mas que la señorita que le acababa de atender, había leido mucha información, era casi todo un experto.

No se sabe mucho acerca del virus del VIH, o Virus de Inmunodeficiencia Humana, en cada persona se manifiesta de una manera y en tiempo distinto, ahora con los adelantos que había, cualquier ser humano en condiciones normales podría tener una esperanza de vida de unos diez años o quizá algo mas. Cuando eres seropositivo tienes el virus en tu cuerpo, pero no significa que tengas sida, se llama sida al estado terminal del portador del VIH; algunas personas tenían sida a los dos meses de haber contraído el virus, sin embargo, a otros individuos, no se les manifiesta ninguna patología de sida, hasta pasados diez años o mas.
Carlos estaba desesperado, pensar que hace una semana era un hombre feliz, en solo una noche se le había acabado toda la felicidad, entonces pensó que no tenia por que ser así, empezó a pensar que quizá no tuviera nada, ¡que estaba sano!, ese pensamiento solo duró algunos segundos, por que de repente le empezó a atormentar la idea de que en su sangre, en su cuerpo, se hallaba el diablo. Empezó a sudar, y el corazón empezó a latirle mas deprisa, entonces lloró, y mientras lo hacia se tumbó en la cama, metió la cabeza debajo de la almohada y así paso toda la tarde.

A las ocho Carlos fue a buscar a Roy, había quedado con él para ayudarle con la mudanza. Hacia diez minutos que le había telefoneado para decirle que iba a buscarle, Carlos cogió el coche y en punto estaba en la puerta de su casa.

-Qué pasa Roy? – dijo Carlos mientras cambiaba la emisora de radio del coche.
-hola tío, ¿qué tal?, a ver si acabamos pronto, por que estoy cansadísimo de trabajar, además
Claudia esta mala y no va a poder ayudarnos
-no pasa nada, vamos para allá

Claudia compartía piso con una amiga suya, no tenía muebles, solamente maletas con ropa y alguna bolsa que otra con cosas de su habitación. Roy le enseño el piso a Carlos, era pequeño, la parte mas grande de la casa era el salón, también tenia dos habitaciones normales, la cocina que también era grande y el baño mas bien pequeño.

-¿te gusta Carlos? – dijo Roy mientras abría la ventana para ventilar una habitación.
-Si, tío, ¡esta muy bien!, ¡el salón es grandísimo!
-si, esta genial, el salón junto con la cocina son lo mejor del piso – dijo Roy desplazándose de un
lado a otro, parecía emocionado.
-Es pequeño, pero para ti y tu novia de sobra, ¡joder tío que envidia!
-va, anda, algún día tú tambien tendrás tu casa, todo llega
-sí, eso espero – Carlos estaba triste, y casi rompe a llorar allí delante de su amigo, pudo contener las lágrimas, pero no la cara de tristeza.
-¿qué te pasa Carlos?
-nada, nada, bueno, nos vamos, ¿no?

Al final terminaron bastante tarde de llevar todas las cosas, no paraban de salir bolsas, tuvieron que dar cuatro viajes hasta que por fin, llevaron todos los bultos.
Cuando Carlos llegó a casa ni siquiera cenó. Se fue directo a la cama, el sueño acumulado hizo que no diera demasiadas vueltas, se durmió enseguida.
Al día siguiente la preocupación había menguado bastante, sí, sabia que podía tener una enfermedad que lo mataría en menos de diez años, pero el hecho de que su cuerpo no presentara ningún síntoma, y que ya había pasado mas de medio mes, hicieron que Carlos no tuviera la angustia de los primeros días, eso o que ya se había acostumbrado a la desesperación de no saber.
Se vistió y salió a pasear. Desde que estaba en el paro tenia pocas obligaciones, la única obligación que hacia a diario era preocuparse. Aquella mañana pensó en ir a lavar el coche. Cuando llegó a la gasolinera, sacó las alfombrillas para pasar el aspirador, al quitar una de ellas, Carlos descubrió una tarjeta con un nombre y un teléfono, la tarjeta era de color rojo con las letras en negro, ¿De quien seria esto?, pensó. Era rara, muy rara. ¿De quien es esta tarjeta? pensó Carlos, despues la guardó en su cartera.
Llegó a casa al mediodía. Empezó a sentir una molestia en la garganta, era un leve dolor, pero suficiente para que en su mente saltaran todas las alarmas, ¡Podrían ser los primeros síntomas!, pensó. Fue al baño y se miró las anginas en el espejo, la derecha estaba roja, inflamada y con pus, pensó que eso era el primer síntoma de su conversión a seropositivo, empezó a temblar, se le nublo la vista y se desmayó. En la caída se golpeó la cabeza con el lavabo. Pasados unos minutos despertó, estaba tumbado en el suelo, con la cabeza llena de sangre. Se incorporó y llevó su mano hacia la cabeza, la miró, estaba ensangrentada. Sin decir nada se metió en la ducha, el agua caía por su cuerpo mezclada con la sangre, pensaba que era una pequeña brecha que cesaría de sangrar en breve, pero no era así, el caso es que era una herida profunda. Salió de la ducha, se cubrió la cabeza con una toalla y llamó a Roy.

-Hola Roy, soy Carlos, veras me he caído y me he dado un golpe en la cabeza, no paro de sangrar
-Bueno, no te preocupes, ahora mismo voy para allá, y nos vamos al medico

Roy no tardó más de quince minutos en llegar, Carlos lo esperaba vestido y con la toalla que envolvía su cabeza llena de sangre.

-Esta bien, venga, vamonos – le dijo Roy mientras le ayudaba a levantarse del sillón.

Subieron al coche de Carlos, este estaba débil, había perdido bastante sangre, su visión no era completa, y el agotamiento era evidente. Roy ayudo a Carlos a entrar en el coche, despues de subirse él, arrancó el motor y fueron al hospital.

-¿Cómo ha sido?, ¿cómo te has dado ese golpe? – preguntó Roy, estaba nervioso, conducía muy rápido.
-¿Eh?, ¿qué? – contesto Carlos.

Roy dejó de hacer preguntas, Carlos no estaba para responderlas. Tardaron diez minutos en llegar al hospital, fueron a Urgencias allí les atendió una chica, en cuanto vieron a Carlos sangrando abundantemente por la cabeza lo sentaron en una silla de ruedas y lo llevaron a urgencias.
Roy esperaba en la sala de espera cuando una enfermera se dirigió a él.

-¿es usted familiar de Carlos Sánchez?
-No, soy su amigo, dígame, ¿esta bien?
-Si, le han aplicado algunos puntos de sutura pero deberá quedarse en observación durante algunos días
-¿puedo verlo?
-No, ahora duerme, pero en un par de horas podrá usted hablar con él
-Bien, gracias

Roy salió a la calle para llamar a su novia Claudia, erán más de las tres de la tarde.

-Hola Claudia, ¿qué tal amor?
-Hola, bien, ¿dónde estas?, he llegado a casa y no estabas
-Carlos se ha caído en la ducha y se ha abierto la cabeza, le han dado unos puntos y ya esta bien,
pero tiene que quedarse en observación
-¡No me digas!, ¿Cómo ha sido? – Claudia estaba nerviosa.
-Pues no lo sé, ya hablare con él, no ha podido explicarme nada, de camino estaba que no podía ni
hablar, bueno tú no te preocupes, luego cuando se despierte y hable con él voy para casa.
-¿Quieres que vaya yo para allá? – pregunto Claudia.
-No, no, no te preocupes amor, luego nos vemos, un beso.

Roy entró de nuevo al hosptial, se dirigió a las maquinas expendedoras, después de elegir un sandwich de jamón y queso se sacó un refresco, caminó hasta unas sillas cercanas y comenzó a comer.

La inexistencia del Hado - Novela - Capitulo 2

LA INEXISTENCIA DEL HADO

CAPITULO 2

Eran las tres de la tarde, cuando sonó el teléfono, Carlos, que hasta ese momento estaba sentado en el sillón, mirando la tele apagada, se sobresaltó.

-Hola Carlos soy Luis, ¿qué tal estas?, joder vaya movida la otra noche- Luis era el compañero
de borracheras de Carlos-. ¿Dónde dejaste a la putita que te tiraste?
-Escúchame Luis, no sabes lo peor, se me rompió el preservativo
-no me digas tío –dijo Luis riendose-. ¿En serio? – Luis era un tipo muy bromista, pero pasados
unos segundos cuando escuchó que del otro lado del auricular no se oía nada, se le heló la
sangre, y pensó seriamente en lo que Carlos le había dicho -. Joder tío, que putada, ¿y que vas
hacer ahora?
-Pues no sé Luis, lo estoy pasando fatal, no duermo, ni siquiera sé si estoy vivo, todo el día me
paso pensando en si habré contraído el sida, o si me ha contagiado cualquier otra enfermedad.
He estado leyendo sobre el tema, y casi estoy muerto en vida
-Ya será menos hombre, ves al medico que te hagan las pruebas y que sea lo que Dios quiera – Luis no ironizó, el tema era serio, y ambos lo sabían.
-No es tan fácil, para detectar si me he contagiado, tengo que esperar tres meses, si me hago los
análisis mañana, seguramente me saldrán negativos, y el resultado no será cierto. Estoy en lo
que se denomina el periodo ventana. Al hacerme el análisis de sangre lo que detecta la prueba
no es el virus en si, son los anticuerpos que genera el organismo para contrarrestarlo
-vale, vale, vale, déjalo ya, estás hablando como un puto medico, ¿tu cómo sabes todo eso?
-Me he documentado bien, llevo tres días enganchado a Internet mirando paginas sobre la
enfermedad, me estoy volviendo loco.
-De todas formas tienes que tranquilizarte, no lo pienses más, ponte una alarma en el calendario,
y dentro de tres meses vas al medico, te haces los análisis, y así te quedas más tranquilo.
Seguro que no tienes nada hombre
-Esta bien, bueno Luis, te veo el Viernes
-Cuídate, hasta luego

Carlos colgó el teléfono y siguió viendo la tele apagada, el salón esaba oscuro, solo entraba un poco de luz a través de la persiana a medio bajar.
Carlos había pasado los tres últimos días como en una nube, trataba de distraerse con otras cosas, pero la imagen del preservativo roto aparecía una y otra vez por su cabeza, matrilleandolo en su interior, y minando su optimismo a cada minuto. Era como una pesadilla, una horrible pesadilla de la que no podía despertar por que no estaba dormido. Pensaba en lo que diría su familia, su madre. Las cosas cambiarían radicalmente, y todo por una tontería.
Al día siguiente Carlos se levantó temprano, no serian más de las diez. Subió la persiana como de costumbre, corrió las cortinas y dejo que el Sol invadiera la habitación. Temía por su vida, y había empezado casi inconscientemente a darse cuenta de lo hermoso que era estar vivo. Abrir la ventana, dejar que la brisa de la mañana le golpease la cara, ver el Sol, en definitiva sentirse vivo, sintió una agradable sensación cuando abrio la vntaba y el viento fresco de la mañana desperezó su cara.
Se sentó en la cama y pensó que no quería morirse, no quería dejar esta vida, tenía muchas cosas por hacer. Angustiado, casi deprimido, fue al baño, abrió los grifos, y se metió en la ducha.
No desayunó, cuando estaba preocupado, y eso era muy a menudo, comer no era importante para él, casi se podría decir que se olvidaba de la comida. Cuando Carlos pensaba, no hacia otra cosa, no se reía, no hablaba mucho, no comía e incluso le resultaba muy difícil dormir.
A media mañana se fue a pasear, al salir a la calle se dio cuenta de que no hacia tanto calor como esperaba. Sintió frío, por un momento pensó que esa sensación se debía a la enfermedad, pero descartó el pensamiento, caminó hasta el nuevo centro comercial que estaba a un par de kilómetros. Unos días antes había estado aquí con su amigo Roy y su novia. Pensaba en el pasado con añoranza, como si sintiera que no fuera a tener mucho más de ahora en adelante. Se compró un refresco y fue a la sección de videojuegos.
Allí, se puso a mirar las últimas novedades, hacia mucho tiempo que Carlos no dedicaba tiempo a jugar con videojuegos. Dos años antes no hacia otra cosa, tenia las consolas de ultima generación, y por supuesto todas las novedades, recordó mientras mantenía el ultimo titulo en la mano como esperaba con desesperación que saliera a la venta el juego del mes para ir corriendo a comprarlo a la tienda, se gastó mucho dinero en lo que para él fue una de sus mayores diversiones. Eso fue cuando empezó a trabajar y pudo ganar algún dinero, antes fue imposible, Carlos había recibido una estricta educación en la que no entraba ningun capricho caro o barato, había sido educado con severa disciplina, así cuando tuvo cierta independencia y algunos ingresos, para él fue como una liberación.
Dejó el videojuego en la vitrina, al hacerlo de repente pensó que tenia que ir al medico, no podía estar esperando más tiempo. Sabía que tenía que pasar un tiempo para hacerse las pruebas, pero pensó que se sentiriía más tranquilo si lo viera un medico, para que le recomendase algo, o le diera tranquilidad. Salió del centro comercial con la decisión tomada, cogió el móvil y telefoneó a su medico de cabecera, le dio cita para esa misma tarde.
No había comido casi nada en todo el día, se vistió, tenia veinte minutos para llegar al medico. De camino pensaba en que podría decirle al medico. Le daba vergüenza decir que había sido con una prostituta, decidió que lo mejor era contarle que había sido con una mujer que no conocía de nada, tenia que preparar todo el guión. ¿Que le diría el medico?, le preguntaría, con seguridad, que posiciones había tenido, cuanto tiempo, si ella era seropositiva. Se preparo todas las preguntas posibles y estudió sus respuestas, lo planeó todo.
Se sentó en una de las sillas verdes que había en la sala de espera, todas en fila, a su lado una mujer mayor, en frente podía distinguir una calva de un hombre no mayor de cuarenta años, miró más lejos y vio como una mujer lo observaba, después de algunos segundos quitó la mirada. Carlos se sentía vigilado, como si toda la gente que estaba alrededor de él supiera porqué estaba allí. Se imaginó que de un momento a otro, todos se levantarían de sus asientos y lo señalarían con el dedo: ¡este tiene sida!, ¡este tiene sida! Una enfermera salió interrumpiendo la pesadilla de Carlos.

-Carlos Sánchez – dijo la doctora
-Si
-Pase, el doctor le espera

Carlos entró en el despacho y se sentó. Se quedó callado durante algunos segundos, no sabia que decir, no estaba su doctor habitual. Mejor, pensó, así no será tan embarazoso. Era una doctora, miraba el ordenador y terminaba de escribir la historia del paciente anterior, Carlos mientras tanto se ponia nervioso, y miraba con firmeza una figura de un elefante con la trompa boca arriba, miraba el elefante, se ponía nervioso y ensayaba su guión.
-Buenas tardes – dijo la doctora
-Hola
-¿qué le ocurre?, cuénteme
-pues verá, el viernes tuve relaciones sexuales con una mujer que no conocía de nada – Carlos
dejo pasar algunos segundos, la doctora ni siquiera lo miraba, ordenaba unos papeles que tenia
sobre su mesa -. Tuve penetración anal y vaginal, y cuando terminé me di cuenta de que el
preservativo estaba roto
-¿y bien?
-La verdad es que estoy muy preocupado, no sé nada de la mujer en cuestión
-Pues hombre es una situación de riesgo – la doctora se quedó callada.

¿Qué la pasa?, pensó Carlos, la situación no era ni siquiera embarazosa.

-había pensado en hacerme las pruebas del VIH, el test “Elisa”, ¿se llama así verdad?
-Si, así es, pero están tardando mucho, tardan mucho en hacer esas pruebas.

Que conversación tan ridcula, que me importa a mi lo que tardan, pensó Carlos.
La doctora no le preguntó cuanto tiempo, que posturas, ni donde lo había hecho, como Carlos había pensado, con lo cual el guión que tenía preparado se fue desintegrando de su memoria, al momento se sintió tranquilo, pero tambien en cierta medida desamparado. La doctora cogió su boligrafo y empezó a redactar un volante para los análisis, tenia prisa, tenía muchos pacientes que atender esa tarde. Carlos no quería marcharse así, había ido al medico para sentirse más tranquilo, necesitaba apoyo, ánimo, que alguien profesional le dijera que no tenía ninguna enfermedad, no la tenía hasta que se demostrara lo contrario, empezó a hacer toda clase de preguntas que la doctora evitaba contestar, o por lo menos no con la claridad que a Carlos le hubiera gustado. A la tercera pregunta sin respuesta, Carlos vio que era imposible sacar nada en claro, que a medida que preguntaba, las absurdas respuestas de la doctora no le tranquilizaban, sino todo lo contrario, se estaba poniendo cada vez más nervioso, así de repente cogió el volante de encima de la mesa y salió de la consulta sin despedirse.
Al pedir día y hora en recepción le dieron para el día siguiente. Carlos se sintió perdido, él había leido en Internet que las pruebas solo serían fiables una vez pasados tres meses. La doctora me ignora, me hace un volante y no me da muestras de ningún apoyo, ni moral ni profesional, y ahora tengo que elegir yo cuando quiero hacerme los análisis, pensó Carlos. La chica que daba hora para hacer los análisis no tenia ni idea de cuando convendría hacerlos. Carlos miró su reloj, vio que era día veintinueve de agosto, calculó tres meses y un día.
-Pongame para el día treinta de noviembre de este año – dijo.
-¿Cómo? -dijo la enfermera asombrada.
-Verá, este fin de semana me he acostado con una puta, y creo que tengo sida, las pruebas no son
fiables hasta pasados tres meses, es por eso por lo que le pido cita a tres meses vista
¿comprende? -dijo Carlos con serenidad digna de un maestro.

La enfermera bajó la mirada y se sonrojó.

-Sí, sí, lo que usted diga -dijo y sin levantar la mirada dio a Carlos un justificante para hacerse los analisis con tres meses de antelación.

A salir del ambulatorio, se sintió mal por como había hablado a la pobre enfermera, no se merecía tanta hostilidad.
Por la noche, ya en la cama, pensaba en muchas cosas; en como iba a pasar los siguientes tres meses con la duda de si tenia o no la muerte en su sangre. Daba vueltas en la cama, vueltas y mas vueltas, la sabana se quedaba atrapada en sus piernas o en la espalda, y ese simple inconveniente lo hacía desesperarse, así cada poco tiempo tiraba con fuerza de la manta para sacarla de donde se había quedado atrapada, esa sensación de que una simple sabana atrapada en su cuerpo le hacía odiar al mundo entero, no le dejaba conciliar el sueño. A las dos horas de peleas con la ropa de cama, Carlos se levantó, encendió el ordenador y buscó mas información sobre la enfermedad en Internet, es así como calmaba su ansía por saber, sumergido en los sensacionalismos de la red se sentía a gusto, serían más de las siete cuando con los ojos rojos y vencidos por el sueño, Carlos caminó como pudo hasta la cama quedandose dormido.

Llamaron a la puerta, Carlos se levantó de la cama y se apresuró a abrir. Era Roy. Roy trabajaba de mecánico, esos días estaba de vacaciones, había decidido visitar a su amigo.
Carlos intentó no escuchar los timbrazos, pero al quinto sonido, no tuvo más remedio que levantarse a abrir, fuera quien fuera el pesado, sabía que Carlos estaba en la cama y más tarde o más temprado se levantaria.

-Bueno días Carlos
-Hola – dijo Carlos quitándose las legañas de los ojos, después cerró la puerta y se tumbó en el
sofá.
-¿qué tal estas?, - dijo Roy mientras empujaba la pierna de Carlos para tomar asiento.- ¿me
ayudas esta tarde con la mudanza?
-Claro, pero tío, ¿cómo vienes a estas horas?, anoche me acosté tarde, estoy cansadísimo
-pero si son las once de la mañana – dijo Roy como si dormir a esas horas fuera pecado mortal.
-Bueno, lo que tu digas, esta bien, ¿a que hora?
-Pues no sé, a las siete o las ocho, cuando pase un poco el calor
-Vale, una pregunta Roy, ¿de verdad te vas a ir a vivir con Claudia?
-Si, después del verano, nuestra relación pasa por un momento difícil, últimamente discutimos
mucho, creo que si no nos vamos a vivir juntos esto se acabará, y no quiero, ya llevo cinco años
con Claudia, no quiero perderla
-Vale, vale, solo era por saberlo, me parece estupendo, ojalá tengas suerte – Carlos en el fondo
estaba triste, muy triste, veía como la gente hacia planes, cada uno vivía su mundo, pero él, él
sentía que el mundo se le acababa.
-Bueno, pues me voy chico, entonces te llamo luego – Roy se levantó del sofá y le dio una
palmadita en la frente a Carlos, después abrió la puerta y salió. – Hasta luego mariquita – dijo,
después cerró la puerta de golpe y se fue.

Roy era uno de los mejores amigos de Carlos, pero no quiso preocuparle con sus pensamientos negativos, así que decidió no contarle nada de momento.
Carlos ya no pudo dormirse de nuevo, su mente empezó otra vez a pensar. Estiró el brazo y cogió el mando de la tele, la puso, y allí se quedó toda la mañana, sin hacer otra cosa que evitar pensar en lo peor.
Miraba la tele y pensaba en su situación, tan desesperante como inesperada.

La Inexistencia del Hado - Novela - Capitulo 1

LA INEXISTENCIA DEL HADO

CAPITULO 1

Esperó a que el agua saliera caliente, así es como le gustaba ducharse, con el agua casi hirviendo. Mientras se jabonaba el pelo, le vinieron a la cabeza las imágenes del momento. El, acariciaba el pecho de una mujer, la besaba con pasión, la veía a ella encima suyo, practicando sexo. El champú se le cayó encima del pie y Carlos volvió a la realidad, se agachó a recogerlo y se quedó allí, en cuclillas, mientras el agua caliente le caía sobre el cuerpo. Volvió a ver las imágenes. Dentro del coche, el estaba sudando, la mujer imprimía mas fuerza a sus movimientos pélvicos, después, éxtasis, placer. Y cuando sacó su pene vio que el preservativo se habia roto. Le entró panico, en aquel instante sintió miedo.
¡Joder no me digas que esta roto! – le dijo a la prostituta mientras quitaba de su pene el plastico destrozado.
Si, mi amor, lo has roto, ¡madre mía! – la prostituta se seco el sudor de su frente-. Mira yo te voy a decir una cosa, yo trabajo en Internet y allí en la empresa en la que estoy me hacen hacerme pruebas y análisis y todo, y tu no tienes por que tener ningún problema, no tienes de que preocuparte, ¿pero tu?, ¿tu como estas? ¿vienes mucho por aquí?
No, es la primera vez, es la primera vez que hago el amor con una prostituta –dijo Carlos angustiado.
Se vestia con rapidez, como si necesitara sacar cuanto antes a aquella mujer del coche. Necesitaba que se fuera, olvidar todo aquello, y no pensar, acostarse y olvidarlo todo.
La prostituta no tardo en salir del coche. Carlos arrancó el motor, estaba nervioso, y le temblaban las manos.
Salió de la ducha. Habían pasado seis días desde aquel incidente, y la desesperación se había ido apoderando de el.
Los primero días no lo pensaba demasiado, pero una tarde aburrido se conectó a Internet y empezó a leer artículos y consultorios de gente infectada por el sida, el noventa por ciento de los casos eran por haber mantenido relaciones sexuales sin preservativo, con gente promiscua o con prostitutas.
Empezó a pensar en lo peor, ahora mismo el virus podria estar invadiendo mi cuerpo, esta contagiándome, dentro de algunos días me saldran ganglios inflamados por todo el cuerpo, manchas, diarreas, mis defensas bajaran a cero, y entraré en fase terminal.
La mañana era calida, hacia sol pero el calor no era excesivo. Carlos salió a pasear. Hacia dos meses que estaba en el paro, y cada mañana bajaba a comprar el periodico. A cada paso que daba, el pensamiento de haber contraído el sida le atenazaba.
Tengo que dejar de pensar en ello, se decia a si mismo mientras caminaba despacio. No es posible, seria fuertisimo que me pasara algo así; pero en realidad estas cosas suceden así, nadie quiere contraer el sida, estas cosas pasan así, uno tiene la mala suerte y pasan estas cosas, pensó. Empezó a llorar, en medio de la calle, se quedo parado, de pie, la gente que pasaba por su lado se quedaba mirándole como un bicho raro, nadie llora en medio de la calle si no es por algo importante, pensaban algunos, otros solo sonreían al verlo. Veía todo con otros ojos, con los ojos del que se va, como si cada una de sus miradas fuera la ultima, tenia miedo, mucho miedo.
Al volver a casa, se puso a navegar de nuevo por Internet. Tengo que saberlo todo de la enfermedad, pensó. Realizó búsquedas sobre el sida, y sobre los riesgos de contagio. Cada consulta que leía de los posibles infectados se veía así mismo, su situación era igual, volvió a derrumbarse, y lloró con amargura. Pensó que había cometido una estupidez. Como he podido desafiar así al destino, pensó. Se empezó a mirar los brazos, las piernas, a ver si notaba algo, alguna mancha, algún bulto, de repente pensó: que estoy haciendo, solo ha pasado una semana.
El tiempo que transcurre desde que te contagias hasta que aparecen los primeros síntomas no es siempre igual, en cada persona es distinto, pueden aparecer los síntomas a los dos días, o a los dos meses. Que angustia sintió Carlos al leer esta respuesta que daba un doctor en uno de los foros que últimamente leia. Le invadieron unos sudores fríos, se pasó la mano por la cara, después, agobiado, apagó el ordenador.
Recordaba todo lo que habia leido, y se descomponia por momentos. No podia dejar de pensar en ello. Sonó el teléfono, pensó en no cogerlo, pues estaba a punto de llorar otra vez, pero tragó saliva y con lentitud fue a cogerlo.
Dígame
Hola Carlos, ¿cómo estas?, soy Roy, oye esta tarde había pensado ir con Claudia al centro comercial que han abierto nuevo, ¿te vienes?
Pues, no se, el caso es que estaba haciendo mi currículo en el ordenador, mmm –Carlos pensó que lo mejor seria salir un rato y olvidarse de todo-. Vale voy con vosotros
Bien, pues a las ocho te pasamos a buscar
vale, oye Roy, estoy muy preocupado por lo que paso la otra noche
venga tío, no te preocupes, que no pasa nada
he estado leyendo cosas por Internet, y tengo casi todos los síntomas
¿pero que dices? Anda no digas tonterias, deja de leer estupideces, si algo te preocupa ves al medico y que te haga un chequeo, o algo así
no se, estoy pensando hacerme la prueba del sida
tu estas tonto tio o que te pasa, anda relajate, luego te veo, aunque estará Claudia, asi que mejor no hablamos nada de esto con ella, no quiero que se entere que mi mejor amigo se ha ido de putas – dijo Roy riendose.
Carlos colgó el telefono molesto. Parece que Roy no me toma muy en serio, pensó. Acaso me estaré obsesionando con este asunto, se pregunto. Pero tengo razones para preocuparme, he practicado sexo con una prostituta y se me ha roto el preservativo, es normal que me preocupe. Carlos empezó de nuevo a sentirse mal, se golpeo con suavidad la cabeza e intento pensar en otra cosa.
Mientras se abrochaba la camisa, la imagen de cuando se quitó el preservativo roto de su pene, volvia una y otra vez a su cabeza.
Salió de casa, y a mitad de las escaleras se detuvo. Y si la prostituta no estuviese infectada, es mas, aunque estuviera infectada, que probabilidades de contagio habria, seguro que no del cien por cien, pensó. Había leído que para contagiarse tiene que haber alguna microfisura en el pene. Siguió bajando las escaleras, y cuando fue a abrir el portal, se detuvo, suspiró y dandose la vuelta volvió a subir las escaleras. Abrió la puerta de su casa y fue al baño, se bajó los pantalones y se miró el pene con detalle, buscaba alguna llaga, alguna fisura, alguna puerta abierta en el glande por donde hubiese podido pasar el virus. Miró su pene con dedicación. Vio un pequeño corte en la parte inferior del glande, y acto seguido se llevo las manos a la cabeza, apretando con fuerza sus sienes. Se descompuso, los sudores volvieron, la angustia no le dejaba respirar. Se miró en el espejo, y despues de respirar hondo un par de veces se tranquilizó. Puede ser que ella no estuviese infectada, pensó con resignación.

El bollo del recreo - Relato 27

EL BOLLO DEL RECREO

Son las once y media de la mañana, frente a mi tengo dos informes a medio terminar, llevo toda la semana con ellos, pero no hay manera de terminarlos. Una llamada de telefono interrumpe mi letargo y me trae de nuevo a la realidad, despues de despachar a mi interlocutor decido irme a dar un paseo, necesito respirar aire fresco.
Es invierno, hace aire, siento el frio abrigandome, pero hace sol, y la sensación es incluso placentera, prefiero pasar frio, que se me congele la nariz y los dedos de las manos, toda sensación es mejor que la que uno siente en el puesto de trabajo en pesadas mañanas como la de hoy.
Paso por delante de una panadería, decido entrar a comprarme algo, una chica de raza oriental está en el mostrador, es dificil encontrar en estos tiempos una panaderia que no este regentada por orientales. Camino por su delgado pasillo, hay de todo, incluso al final de la tienda hay un apartado con cables, paños de cocina y articulos de limpieza. Me apetecen unos donuts, ahora vienen en pack de dos, envueltos en plastico.
Salgo de la tienda, me siento en un banco cercano, hace un poco de aire pero el sol hace que la sensación de frio sea menor. Me siento, abro el paquete de donuts, saco uno y le doy un bocado, y es al segundo mordisco cuando me remonto a mi infancia, el sabor de aquel donuts me ha transportado a mi tiempo de pupitre, y pienso en lo feos que eran los pupitres de la escuela, era un verde raro, los podían haber hecho blancos, pero no, eran de un color digamos incomodo, me viene a la mente las frias mañanas camino del colegio, mi madre me arrastraba, tiraba de mi todo el camino agarrando con fuerza, ya no mi mano, sino mi muñeca, el frio nos golpeaba, y parecia que con cada golpe, mi madre decidiera andar más rapido, con todo lo que eso conllevaba.
Había un ambiente raro en las mañanas de camino al colegio, no recuerdo sol, solo el día gris, alboroto, coches atascados echando humo, gente paseando a perros, y sobre todo madres arrastrando a niños y niñas de mi edad jorobados por inmensas mochilas de llamativos colores. De camino yo pensaba en las calentitas sabanas que había dejado atrás, las echaba de menos. Mi madre minutos antes de que tocara la sirena, me arrastraba hasta una panaderia cercana a mi colegio, la panaderia estaba llena de madres e hijos que llegaban tarde por el mismo motivo, el bollo del recreo. Yo siempre me pedía un donuts de chocolate, me lo daban envuelto en un papel de color marrón, y lo precintaban con celo, mi madre lo cogía con rapidez y lo metia en mi cartera, yo odiaba eso, y estaba deseando llegar a clase, sentarme y sacar el donuts, con un poco de suerte no se había espachurrado, parece mentira que mi madre se preocupase de comprarme un tentempie para el recreo y no tuviera en cuenta que si lo guardaba en mi cartera, llena de libros, cuadernos, y lapices sueltos, el bollo a la hora del recreo sería una fina oblea machacada.
En el recreo lo primero que hacía era abrr el donuts, la sensación era muy buena, igual que la que estoy sintiendo ahora en este banco al lado de mi trabajo, ahora no tengo a mi mejor amigo David a mi lado, ahora estoy solo, antes el murmullo de los demás niños apenas te dejaba escuchar nada, mi amigo me contaba batallas sobre un guerrero samurai que había visto en una revista, yo le daba la mitad de mi donuts ya que su madre era de las que pensaba que no era bueno el bollito del recreo, y así, comiendo y hablando de cosas extrañas pasaba la medía hora de descanso, en esos recreos tambien hacía frio, y se te helaban las ideas, aunque claro, por aquel entonces las ideas eran limpias, y volaban sobre el frio como haciendo snowboard. El mágico momento del donuts del recreco solo se rompia cuando la señora de la tienda te había vendido el donuts de ayer, el sabor era distinto, estaba un poco duro, no mucho, solo un poco, de manera que solo te dabas cuenta que el donuts era de el día anterior al darle el primer bocado. Esto te pasaba cuando llegabas pronto a la panaderia, el repartidor todavía no había pasado por la tienda y claro la señora daba los que le habían sobrado del día anterior, y de verdad que muchos días me recreaba un poco más en el desayuno, para dar tiempo al repartidor de donuts de que entregara su mercancia en la tienda de al lado de mi colegio.
Hay ver lo que sufrimos los niños cuando somos pequeños, la de absurdas estrategías y metodos sin confirmar que ideabamos, pienso mientras termino de comerme el segundo donuts.
Me levanto del banco, tiro el envoltorio de plastico a una papelera y camino despacio de vuelta al trabajo, a lo lejos veo la oficina, cuando llego a la puerta, espero un rato, y dedico un poco más de tiempo para mí, creo que todavía, no ha tocado la sirena.

El timbre sonó - Relato 26

EL TIMBRE SONÓ

El timbre sonó, tímido, como si la persona que había llamado tuviera miedo de llamar. Damián escucho el sonido pero como tantas otras veces lo ignoró. Su madre Claudia estaba terminando de hacer la comida de toda la semana, en la cocina una nube de humo bailaba con las ollas a presión, lentejas, judías, incluso una tortilla de patatas terminaba de freírse en una sartén. Con paso ligero abrió la puerta, una muchacha de pelo largo y rizado estaba al otro lado, dos grandes maletas, una a cada lado de su cuerpo, descansaban en el suelo.

-Hola, soy Mireia
-Hola, yo soy Claudia, pasa, espera que te ayudo con esas maletas – Claudia intentó coger una de las maletas, pero ni siquiera pudo levantarla un centímetro del suelo. Vaya, si que pesan –dijo.
-Si, no te preocupes Claudia, ya las llevo yo –Mireia agarró las dos maletas, una con cada mano y sin apenas esfuerzo las levanto entrando en la casa.
-¿Qué tal el viaje? –preguntó Claudia.
-Bien, lo único que muy mal para aparcar, se aparca fatal en este barrio –Mireia hablaba poniendo el acento siempre en la última silaba, además su tono era armónico, tanto que cuando hablaba parecía que cantase.
-Ya te lo dije, aquí se aparca fatal, bueno, ven te voy a enseñar tu habitación –dijo Claudia, tenía urgencia por que Mireia se instalase de inmediato, necesitaba el dinero ya que había perdido uno de sus dos trabajos, tras muchos días pensándolo, decidió alquilar una de las habitaciones de su casa.

Claudia enseñó la habitación como si toda su vida hubiese estado vendiendo pisos, engrandecía la iluminación, abría el armario para que Mireia viera lo grande que era. No quería que esta se arrepintiese y se fuera con sus pesadas maletas a buscarse otra habitación.
Claudia vivía con su hijo Damián, a su hijo no le gustó la idea de que su madre alquilará una habitación, era un chico reservado, y no se veía compartiendo casa con una desconocida, sin embargo se iba a casar en menos de un año y se marcharía de casa a vivir con su mujer.
Damián miraba la televisión cuando su madre y Mireia se pararon delante de la puerta de su cuarto.

-Damián hijo, te voy a presentar a Mireia
Damián se levantó y se acerco a la puerta, miró a Mireia con desconfianza, sintió un escalofrío, al ver su cara, se fijó en la nariz aguileña de esta, en su pelo rizadísimo de color caoba, y sobre todo en su mirada. Mireia tenía los ojos muy separados uno de otro, y su mirada era recta y fija como dos faros de un coche.
-Hola –dijo Damián dando dos besos a Mireia.
-Hola –dijo Mireia con voz entrecortada.

Los días pasaron, Damián intentaba adaptarse a su nueva situación, pero no le resultaba fácil. Mireia se levantaba a la misma hora que él, ambos entraban a trabajar a la misma hora, con el problema que eso suponía, en la casa solo había un baño, y ella solía coger la delantera, de manera que Damián tenía que esperar a que ella terminase para asearse antes de ir al trabajo. Esta circunstancia los llevo a que día tras día, ambos madrugaban un poquito más, se levantaban cinco minutos antes, de manera que a la semana de estar conviviendo, su despertador sonaba casi una hora antes.
En el desayuno igual, solo había un microondas, solo una nevera. Una mañana Damián abrió la nevera para coger la leche y se encontró que uno de los apartados estaba ocupado por una gran caja de bombones, se sintió indignado, esa estantería de la nevera, él la usaba cuando se iba de pesca, allí ponía el pescado que casi siempre traía, era su estantería.
La oculta enemistad entre Damián y Mireia hizo que las miradas entre ambos fueran cuanto menos desagradables, apenas se hablaban, solamente lo justo y por educación.
Todo lo contrario era la relación que Mireia mantenía con Claudia, ellas dos hablaban de todo tipo de cosas, coincidían en la cocina y se contaban como habían pasado el día, hablaban de esto, de lo otro. Damián las escuchaba dialogar desde su habitación, y odiaba a Mireia cada día más.
Una tarde, su madre entró en su habitación, quería saber qué opinaba de Mireia.

-No sé, es muy rara, ¿te has fijado en su mirada? Y a mí apenas me habla, si te fijas cuando ella está hablando contigo y yo voy a la cocina, o al salón, ella enseguida se marcha, es como si me tuviera miedo, como si le diera vergüenza hablar delante de mí –dijo Damián.
-Sí, ahora que lo dices es cierto, le das miedo –dijo Claudia sonriendo.
-¿De qué trabaja?
-Es Ingeniera, trabaja en una empresa de energía o algo así –dijo Mireia.
-No me lo creo, mama, yo si fuera ingeniero te juro que no me levanto al amanecer como lo hace esta chica, para mí que te ha engañado

Claudia no veía nada anormal en Mireia, sin embargo Damián cada día estaba más preocupado. Por la noche, oía a Mireia hablar por teléfono, no podía escuchar lo que decía, pero si su tono de voz aflautado, cada día odiaba más el irritante tono de voz de Mireia, cada noche oía sus conversaciones telefónicas, incluso de madrugada. Una noche Damián no aguantó más y pensó en espiar a Mireia, se acercó a su puerta y arrimo el oído para ver si podía escuchar algo de la conversación, eran más de las tres de la madrugada, una hora inusual para hablar por teléfono, siendo un día de diario, siendo ella ingeniera, y con el despertador casi a punto de sonar. Arrimó con delicadeza su cabeza a la puerta, apenas pudo escuchar un par de palabras cuando la puerta se abrió.

-Tengo que dejarte, luego hablamos, agur –dijo Mireia y colgó el teléfono, miró con firmeza a Damián, cerró sus ojos casi a la mitad, los rasgos de su cara se endurecieron -. ¿Qué haces aquí?
-Nada, quería saber con quién hablabas –dijo Damián-. Mira te voy a decir otra cosa, no me gustas, así que intenta no tocarme mucho las narices si no quieres que hable con mi madre y te ponga de patitas en la calle –dijo con tono desafiante.
-¿Cuánto te indemniza tu seguro de vida? –dijo Mireia-. Y la casa, esta casa de mierda, ¿tu madre la tiene asegurada? –El tono de voz de Mireia era diferente, su voz no sonaba aflautada, tampoco entonaba en su discurso, su voz era fría, tensa, directa como un estornudo.

Damián no supo qué hacer, ni que decir, tuvo miedo, no tenía ni idea de qué, pero un intenso escalofrió lo dejó pasmado, esperaba recibir cualquier contestación, pero lo que acababa de escuchar lo descolocó, se dio media vuelta y caminó hasta su habitación.
Que hija de la gran puta, pensó Damián ya metido en la cama. A las pocas horas, la puerta de la habitación de Mireia se abrió, Damián miró su reloj, ya eran las seis y media, hora de levantarse, sin embargo se quedó inmóvil en la cama. Escuchaba a Mireia arreglarse, peinarse con el secador, luego abrir los muebles de la cocina, abrir la nevera, el sonido de la cucharilla removiendo el café, a Damián se le hacía tarde, pero ahí seguía, tumbado en la cama, arropado y temeroso como un niño pequeño. Pasó medía hora hasta que Mireia salió de casa, entonces Damián se levantó y apresuradamente se arregló para ir al trabajo.
En el coche de camino al trabajo, pensaba en lo que había pasado hacía apenas unas horas, se preguntaba por qué había actuado así, porque motivo no había tenido narices a levantarse a su hora y coincidir con Mireia como siempre había hecho, sin duda las palabras amenazantes que ella le había dicho en la madrugada habían influido bastante, Damián no podía quitárselas de la cabeza.
Cuando Damián llegó a su casa no había nadie, con cuidado caminó hasta la habitación de Mireia, abrió la puerta con cuidado, estaba vacía, entró despacio, la persiana estaba bajada por lo que la oscuridad era total, encendió la luz de la lámpara de la mesilla y observó a su alrededor. La chica era ordenada, la habitación estaba limpia, en un tocador había colonia y algunos collares, encima de una mesa del escritorio una gran carpeta, parecida a la que llevan los delineantes para sus proyectos, se acercó al escritorio y abrió la carpeta, dentro de la misma había grandes planos de edificios, en ellos, además de las plantas, se indicaban las salidas de emergencia y en algunas habitaciones, nombres de personas, de repente el sonido del cerrojo de la puerta sonó, alguien venía, Damián se apresuró a cerrar la carpeta, apagar la luz y salir de la habitación, se le olvido cerrar la puerta, pero ya era tarde, la puerta de la casa se abrió y su madre entró por la puerta.

-¡que susto me has dado! –dijo Damián casi gritando.
-no entiendo porque –dijo su madre.
-No sé, desde que está la chica esta en casa me siento inseguro, como si no tuviera intimidad
-acostúmbrate hijo, porque necesitamos el dinero, solo tengo un trabajo y yo no puedo pagar los gastos de la casa.
-ya, te entiendo, pero es que –Damián hizo una pausa, después continuó-. ¿No ves algo raro en esta chica?
-Sí, es un poco rara, ayer estaba cocinando y cuando me di la vuelta ella estaba en la puerta de la cocina mirándome fijamente, sentí un escalofrío, me asuste, la saludé y ella no me contestó, después se dio media vuelta y se encerró en su habitación
-Hay algo raro en esta chica –dijo Damián.
-Anda, anda, déjate de historias – dijo Claudia.

A la mañana siguiente Damián hizo de tripas corazón y se levantó a su hora, Mireia ya estaba levantada, la luz de la cocina encendida así le lo indicaba, a los pocos minutos los dos coincidieron en la cocina.

-Buenos días – dijo Damián.

Mireia no contestó, estaba sentada en la mesa tomando un café, miró a Damián y después de hacer un gesto con la cabeza desvió la mirada.
Damián se sentó al lado de Mireia, los dos apenas estaban separamos por medio metro, Damián olía el perfume de ella, era intenso, a esa hora de la mañana ese olor era casi tan destructivo como su presencia. Entonces Mireia agarró con fuerza el cuello de Damián y lo acercó a su cuello.

-¿Te gusta mi olor? –dijo a la vez que apretaba con fuerza el rostro de Damián contra su cuello.- Huéleme, ¿sabes que hay un punto en el cuello que si lo aprietas con fuerza durante algunos segundos hace que perdamos la consciencia? – Damián apenas podía respirar, no tenía fuerzas para liberarse del cuello de Mireia, a los pocos segundos se quedó inconsciente.

Mireia llevó a Damián a su cama, lo desnudó y volvió a ponerle el pijama, después lo arropó y allí lo dejó tumbado.
Cuando Damián despertó eran más de las doce de la mañana, le dolía la cabeza y solo recordaba la mirada de Mireia y su cuello, de pronto se dio cuenta de que no había ido al trabajo, al principio pensó que todo había sido un sueño, lo del perfume y el incidente en la cocina, pero luego, cuando volvió en sí, cuando se desprendió de esos segundos que trascurren desde que te despiertas hasta que tomas consciencia, Damián se dio cuenta de que no había sido un sueño, todo había sido real, Mireia lo había dormido, lo había dejado inconsciente presionando algún punto estratégico de su cuello.
No habló de esto con nadie. Por la tarde cuando Mireia estaba en su habitación, Damián entró en ella. Mireia estaba sentada en el escritorio, manipulaba una especie de radio, con disimulo fue apartando el aparato de la vista de Damián, escondiéndolo detrás de una chaqueta que estaba doblada encima del escritorio.

-¿Qué quieres? –dijo ella.
-Perdona, te pido por favor que me dejes en paz, no tengo nada contra ti, y aunque lo tuviera, no te lo demostraré, solo quiero que nos llevemos bien, te prometo que no me meteré otra vez en tus cosas –dijo Damián.
-por tu bien espero que así sea, no me gusta que nadie se meta en mi vida –dijo Mireia.
-Sí, a mi me pasa lo mismo, sin embargo tú has entrado en la mía sin llamar, y dando la vuelta por completo a mi existencia –dijo Damián.
-Así son las cosas, a mí tampoco me gustas, pero tranquilo, esto es temporal, dentro de un par de meses mi empresa me traslada a otro destino, así que te dejaré en paz.
-¿De verdad? –dijo Damián ilusionado.
-Sí, pero te advierto una cosa, el tiempo que permanezca aquí no quiero verte husmeando en mis cosas, y mucho menos escuchando mis conversaciones privadas, ni entrando en mi habitación… sabes te imaginaba más dotado.
-¿Cómo? –dijo Damián.
-Sí, el otro día, cuando entraste en mi habitación, hiciste cosas muy feas, que te voy a contar a ti de una película que ya has visto
-¿Cómo lo sabes? –dijo Damián avergonzado.
-Tengo cámaras vigilando mi cuarto, en tiempo real, recibo la imagen en mi PDA –dijo Mireia y acercó su cara a la de Damián, sus labios estaban casi pegados, casi rozándose-. Aunque me gustó la situación, tuve que salir al baño a refrescarme.

Damián salió de la habitación casi corriendo, entró en la suya y cerró la puerta, por primera vez en veintiséis años, la puerta de la habitación de Damián estaba cerrada.
Al día siguiente Damián dijo a su madre que se iba a vivir a su casa.

-Damián pero si todavía quedan ocho meses para la boda, no puedes hacerme esto, te voy a echar mucho de menos.

A los dos meses, una vez que Mireia había abandonado la casa de Claudia, Damián volvió.

-¿Vuelves para quedarte? -dijo Claudia.
-Sí, pero solo hasta mi boda, luego me voy a vivir con Sandra, ya lo sabes.
-¿Te fuiste por Mireia verdad? No os llevabais muy bien.
-Sí, fue por ella –dijo Damián, se acercó hasta la nevera y la abrió, la caja de bombones de Mireia todavía seguía allí-. Vaya, se ha dejado los bombones.
-Sí, llamó esta mañana, dijo que por favor se los acercases a su nuevo domicilio, que le hicieses ese favor por las cosas que compartisteis juntos, me dijo. Anda que no te lo tenías calladito tu granuja –dijo Claudia a su hijo con picara sonrisa-. Toma, me dio eta dirección, aquí está en esta nota. Anda hijo acércaselos en un momento, no te cuesta nada.

Damián sacó la caja de bombones de la nevera y salió para entregárselos a su dueña. Cogió su coche y fue a la dirección que su madre había anotado en un papel. De camino pensaba en porque estaba haciendo a Mireia este favor. Pensaba que aunque la odiaba, y la temía, había algo de ella que le gustaba, que le atraía, algo así como la atracción por el fuego, te atrapa y sabes que si te acercas mucho puedes llegar a quemarte, por otra parte un odio visceral hacía ella, recorría su ser.

-joder, por unos putos bombones, ya se podía haber comprado otra puta caja de bombones.

Damián llegó a su destino, una cuarta planta de un lujoso edificio. Si que ha prosperado la guarra esta, pensó. Al llegar a la puerta llamó insistentemente, quería demostrar a Mireia que tenía prisa, que este favor lo hacía con desgana.
Cuando la puerta se abrió a Damián apenas le dio tiempo a ver la silueta de un hombre, pues la caja de bombones no era tal, y estalló en el descansillo matando a visitante y visitado, esparciendo y mezclando las partes de sus cuerpos con escombros de madera y ladrillos por toda la escalera.

Claudia, la madre de Damián no podía creer la noticia que la televisión estaba dando, en ella acusaban a su hijo de terrorista, de inmolarse para asesinar al Policía Nacional Carlos Bendamar, al parecer y según relataba la televisión, Carlos Bendamar había sido ascendido hacía un par de meses, pero por temas burocráticos todavía no había podido tomar cargo de su nuevo puesto, sin embargo ya todo estaba solucionado, y en unos días tenía previsto marcharse al País Vasco para desempeñar las funciones de su nuevo cargo como Comisario Principal, al parecer la banda terrorista, sentía animadversión por Bendamar, y debido a su reciente nombramiento lo habían asesinado, resaltaba la noticia la novedad en el modus operandi del asesinato, ya que por primera vez en toda la historia de la banda terrorista, un integrante de la misma se inmolaba para cumplir su objetivo.

Lo sé - Pensamiento 5

Lo sé, sé que tengo visitas en mi Bodega, menos de diez al día, pero algo es algo, me visitan de todas las partes del mundo. Puede sonar pretencioso esto que escribo, pero nada más lejos de la realidad, tengo un contador de visitas que me indica los visitantes que han parado a degustar uno de mis relatos. Este contador también me dice el tiempo que más o menos estáis en el Blog, casi nadie aguanta más de diez segundos. Este "chivato" puede equivocarse, de hecho no me fio mucho de la información que me da, ¡estoy seguro que tengo más de diez visitas diarias!

Dicho lo anterior, creo que tengo unas cinco o seis personas fieles a mis letras, personas que visitan la pagina de vez en cuando, me imagino que para leer las historias que dejo en este rincón virtual, y es por ellas por las que escribo y ellas son en cierta medida las que me hacen escribir.

Tengo un relato escrito, lo escribí el jueves pasado, pero no quiero publicarlo, por ahora no, así que tendré que escribir otro para mi reducido grupo de fieles lectores.
La habitación está iluminada solo por la pantalla de mi ordenador, las sombras blancas dan algo de luz a los enseres de mi habitación, y en esta madrugada, solo quería daros las gracias por leerme, y por animarme a través de las visitas de mi contador a seguir publicando relatos, escribo para que me lean, aunque solo sean cinco o seis personas. Gracias

La finalmente común historia de amor de Maite y Paco - Relato 26

LA FINALMENTE COMÚN HISTORIA DE AMOR DE MAITE Y PACO

En casa de Maite y Paco no se veía la tele, simplemente porque no tenían. Ambos se consideraban alternativos, esto significa que harían cualquier cosa por ser diferentes al resto de la humanidad. En esa rebeldía de ir a contracorriente, está el no tener televisión. Es raro y debería costar imaginarnos un salón sin televisión, pero así era, por la noche cuando los dos terminaban de cenar y se sentaban en el sofá, leían libros, hablaban, algunas noches escuchaban un poco la radio, tenemos que imaginar también que cuando apagaban la luz, no veían su rostro a contraluz, que cuando hablaban no había un murmullo inútil acompañándolos, era un ambiente distinto.
El hecho de haber modificado su visión de la vida en la intimidad, de una manera o de otra también modificaba su vida personal e incluso laboral. Son tiempos de televisión, de imagen en movimiento, en mayor medida movimiento generado por los demás y no por uno mismo, si algo caracteriza a la sociedad de ahora es por la televisión y por el sedentarismo. En el trabajo cuando la gente hablaba del último programa de éxito ellos no podían opinar, cuando se hablaba de cualquier serie ninguno de ellos podía seguir la conversación, eso sin contar con los comentarios de partidos de futbol, formula uno, o cualquier otro deporte, utilizando jerga periodística, estaban siempre en fuera de juego.
Cuando alguien hablaba de televisión, simplemente callaban, aunque en la mayoría de las ocasiones abandonaban la tertulia y volvían a sus puestos de trabajo, esta actitud revelaba cierto aire de incomprendidos, de marginales, y esta actitud no pasaba desapercibida por sus seres cercanos, pues eso pensaban de ellos.
Maite y Paco llevaban siete años viviendo juntos, tenían los gustos parecidos, aunque a decir verdad fue Paco el que fue inculcando a Maite el estilo de vida alternativo, una forma de vida diferente, Maite por amor o porque en realidad se sentía identificada con estos ideales fue adaptándose a las costumbres de Paco.
Una mañana en la que decidieron no ir a trabajar, tumbados en la cama, la conversación fue la siguiente:
-Entonces como lo hacemos – dijo Maite, necesitamos un hombre guapo, ¿no?
-Así es, mi nariz es horrible, y mis labios muy finos, necesitamos una cara amable, de rasgos hermosos para que nuestro hijo salga lo más guapo posible
-Tengo un compañero de trabajo que quizá te guste, si quieres mañana quedamos con él y le conoces – dijo Maite
Al día siguiente quedaron con Fernando el compañero de Maite, la conversación fue la siguiente:
-Mi pareja y yo queremos tener un hijo, pero no nos gustan los rasgos que tiene Paco, tu cara es agradable, eres muy guapo, ¿te importaría dejarme embarazada?
-No, claro que no, eso sí, tenemos que hacerlo bien, tendréis que firmarme un documento notarial el cual indique que no me pediréis ningún tipo de responsabilidad una vez que os haga este favor
-Claro, cuenta con ello – dijo Paco.
-Sí, por supuesto, entonces ¿no te importa? – dijo Maite.
-No, cuando lo hacemos – contesto Fernando.

Maite y Fernando quedaron al día siguiente, se acostaron esa misma tarde, después de comer, practicaron sexo durante horas.
De madrugada Maite entró en casa, Paco la esperaba en el salón, aquel salón sin televisión, por lo que el silencio era algo que se podía tocar. La conversación fue la siguiente:
-¿Qué tal ha ido? – dijo Paco.
-Bien, se ha corrido como unas cinco veces, yo creo que habrá sido suficiente
-SÍ, espero que sí, ya verás que hijo más guapo vamos a tener, hay que buscarle un nombre bonito, y ya sé que es pronto para hablar de esto, pero este hijo nuestro tiene que ser el abanderado de nuestros ideales, y por lo tanto habrá que ir inculcándole nuestros valores desde muy pequeño, ¿estás de acuerdo? – dijo Paco.
-Sí, claro que si amor mío –dijo Maite.
Una o las cinco corridas que Maite albergó en sus entrañas cumplieron su cometido, pues se quedó embarazada.
De mutuo acuerdo decidieron dejar sus trabajos e irse a vivir al campo, la madre de Maite tenía una casa en un pueblecito cerca de la costa, allí se establecieron.
Como no podía ser de otra manera la tripita de Maite fue haciéndose cada vez más grande, pero no tomaba una forma redonda, como es habitual, sino cuadrada, esta circunstancia ennobleció a la vez que ilusionó a los futuros padres, pues pensaban que ya desde el vientre materno, el pequeño iba a contracorriente, no era igual que el resto de seres humanos.
Todo fue diferente en este embarazo, duró doce meses, y la criatura nació en su propia casa, no hizo falta cortar el cordón umbilical ya que el propio bebe nada más salir lo quitó con sus propias manos.
El niño era precioso, no tenía la nariz ni los labios de su padre, un digno ejemplo de belleza.
A los pocos meses Maite y Paco se dejaron, ella se cansó de las doctrinas alternativas y de él, una noche cogió a su hijo y se volvió a la ciudad con sus padres.
Paco se quedó solo, la vio salir por la puerta, él pensaba en su hijo, y en que aunque uno quiera ir a contracorriente, alejarse de las modas, del camino habitual, hay cosas que uno no decide por sí mismo. En su caso se había separado, algo común, algo que a todo el mundo le puede pasar, esta vez tuvo que ser uno más.

Amorirdos - Relato 25

AMORIRDOS

Santiago pensaba que nunca dejaría a Maria Lola. Hacía tiempo que había decidido vivir el amor de una manera diferente, de forma que el amor no le produjera ningún daño. Podía ser cobarde su postura, pero pensaba que era mejor así. Santiago quería a Maria Lola, la quería y la respetaba, y sentía amor por ella. Quizá no el amor pasional que vive un quinceañero, quizá otro tipo de amor. Un amor racional y sensato, del cual nunca saldría perjudicado. Pensaba que si todo el mundo trata de hacer las cosas sencillas, y llevar una vida sin complicaciones, no tendría porque ser distinto en cuestiones de amor.
Maria Lola tenía treinta y cuatro años, uno más que Santiago. Llevaban casados cuatro años, mas dos años de noviazgo, en todo ese tiempo él había podido prescindir de ella. A él le gustaba pasar el tiempo a su lado, y en el momento en que la conoció, supo que era la mujer de su vida, pero no fue amor a primera vista, tampoco se enamoro de ella ciegamente, simplemente decidió María Lola debía ser la mujer de su vida. Dejó los sentimientos a un lado para hacer caso a la razón. Al principio de conocerla, la ilusión imperaba y ahí claro que los sentimientos lo eran todo, pero a medida que se iban conociendo, él se daba cuenta de que no tenían mucho en común, que casi no tenían los mismo gustos, fue el momento en que los sentimientos casi desaparecieron, o por lo menos dejaron de ser importantes para Santiago, y pensó que si él había decidido que Maria Lola era la mujer de su vida, no había ninguna razón para dejarla, se había decidido y llevaría su decisión hasta las ultimas consecuencias. Quería quererla, y con eso bastaba. Y cuando pensaba que no la quería con el corazón, se decía así mismo que el corazón no quiere, ¡que tendrá que ver el corazón!, pensaba. Sin embargo Maria Lola amaba a Santiago. Y sufría cuando no estaba a su lado, por las mañanas se levantaba pensando en él, y deseaba verlo y abrazarlo.
Fue ella la que, con su insistencia en quedar cada fin de semana, había fortalecido la relación.
Un tarde, Santiago habló con su amigo German sobre su relación en los tiempos en que Maria Lola y el eran novios.
-¿pero como lo haces?, ¿no te cansas?, ¿Cómo puedes estar con una chica tan distinta a ti? –le decía German.
-Ni pensarlo –le decía el-. Maria Lola es todo lo que se le puede pedir a una mujer, es sensata, no me complica la vida, es sencilla, no me da celos, llevo dos años de noviazgo y todavía no he sufrido ni un día. Dime, conoces a alguien que no haya sufrido por amor, que no haya pasado una mala noche con dolor de tripa por que su novia se ha marchado con sus amigas. El amor cuando te atrapa es muy malo, te aprieta el corazón y deseas estar siempre con esa persona, si se va quieres estar con ella, y si no esta contigo no estas bien, te falta algo. Eso es amor nocivo. Yo he decidido vivir el amor de otra manera, yo no sufro por amor, yo vivo el amor de manera racional, no tengo porque sufrir.
-Tu no estas enamorado –le decía muy ofendido su amigo-. Yo no entiendo el amor sin tener al menos en algún momento una pizquita de celos, como tampoco entiendo el amor sin sufrimiento. El amor es sufrimiento, eso es lo bonito. Cuando tu pareja no esta contigo, querer estar con ella, desearla…y tener celos si se va una noche de juerga con sus amigas.
-No hay porque sufrir, eso es todo. Antes de salir con Maria Lola tuve una novia, y cada vez que me despedía de ella la vida no tenia sentido. Solo era feliz cuando estaba a su lado, me llegué a desmerecer como persona, pensaba que la vida sin ella no tenia sentido. Ella se cansó de mi, y conocí el peor dolor que hasta ahora he conocido. Pasó un año y volví a enamorarme, cuando llevaba una semana saliendo con aquella chica, una noche la llamé y la dije que no quería volver a verla, ella se quedo destrozada y yo pasé momentos muy malos, pero me vi en la misma situación que hacia un año, y sabia que iba a sufrir, no tenia porque sufrir. Después conocí a Maria Lola, y con ella todo es diferente, quiero que sea la mujer de mi vida, y lo será, es amor consentido lo que siento por ella, amor racional.
-Tu no estas enamorado –le volvió a repetir German.
Y puede que en parte German tuviera razón, o puede que no. De cualquier manera, escuchando hablar a Santiago sobre su relación se podría pensar que lo suyo no era amor, que era simple costumbre, o cariño, pero no amor.
Santiago era un hombre gordo, no era muy alto así que la gordura se le notaba aun más. Su mujer Maria Lola siempre le estaba pidiendo que adelgazara.
La tarde del diecinueve de julio Maria Lola y Santiago estaban sentados en el sofá del salón, viendo la tele él, ella leyendo un libro.
Maria Lola dejó el libro, y al cabo miró a su marido.
-¿estas a dieta o algo?
-No, me has puesto tú a dieta –dijo el marido con desgana.
-No, es que te veo mala cara, por eso te pregunto
-Que va, ¿de verdad me ves mala cara? –preguntó tocándose las mejillas con las dos manos.
-Si, además te veo mas delgado
Santiago no seguía ningún régimen, pero había pasado un mes desde que su mujer le había notado mala cara, y seguía perdiendo peso.
-no puedes seguir, así, a ti las preocupaciones nunca te han hecho adelgazar, eso suponiendo que tengas preocupaciones, tampoco sigues ninguna dieta, comes y cenas conmigo y además en abundancia, y cada día estas mas delgado – le decía Maria Lola casi cada día.
-No se, mujer, a lo mejor me ha cambiado el metabolismo –respondía él sin mucha fe.
Pero Santiago seguía adelgazando y nadie sabía explicarse el motivo, nadie menos Santiago que casi intuía lo que le estaba sucediendo. Una tarde quedó con su amigo German. Y mientras paseaban por el retiro hablaron.
-tengo que contarte algo, pero no se si debo –dijo Santiago.
-Venga, nos conocemos desde el colegio, ahora te va a dar vergüenza contarme algo – German hizo una pausa, después prosiguió-. Oye te veo mas delgado, ¿Qué régimen sigues? –dijo, y después soltó una gran carcajada.
-El del amor –dijo Santiago con seriedad.
-Ah, ya veo, así que tú y María Lola le dais mucho al sexo, ¡que bribón, quien lo diría!, yo con Susana apenas lo pruebo chico…
-No me refiero a eso, pero porque tienes que ser así –dijo Santiago sin dejar terminar a German sus palabras.
Ambos caminaban despacio, la tarde se cerraba, y la noche estaba a punto de salir, el parque del retiro cambiaba de aspecto, y las familias y los niños iban desapareciendo para dejar a su paso a parejas de jóvenes que se sentaban en bancos a procurarse caricias y besos.
German entendió que lo que Santiago quería contarle era un tema serio, y dejó de hacer bromas para escucharle.
-hace unos tres meses que Silvia entró en a trabajar en mi oficina. Nada mas verla me enamoré, no sé cómo explicarlo pero eso se nota, hacia años que no me fijaba en una mujer y ella de la noche a la mañana acaparaba toda mi atención –Santiago hizo una pausa y miró a la cara a German.- Tranquilo, no he sido infiel a María Lola, nunca la haría daño – dijo al ver la cara de su amigo.
-Bueno, no pasa nada, todos hemos echado una canita al aire alguna vez, ¿no? – dijo German.
-El caso es que me sentí atraído por Silvia – prosiguió Santiago-. Y cada día la veía entrar a la oficina, y pasar por mi lado, y un buen día me saludó. Estuve dos semanas seguidas tomando café con ella, y mi atracción paso de ser solo física a algo más, poco a poco, durante la media hora del desayuno nos íbamos conociendo y cada día me enamoraba mas de ella
-Pues, no se que decir, supongo que tienes un problema. Ignórala, mándala al carajo como hiciste con esa novia tuya, como se llamaba –German se quedó pensando.
-Ya lo he hecho, solo estuve dos semanas tomando café con ella, compartiendo mi vida a su lado, dos semanas fabulosas, pero supe que no podía seguir así, y deje de hacerlo, ahora ni siquiera la miro, pero ella es la causa de que cada semana pierda dos kilos.
-No es posible, si a ti nunca te han afectado los problemas
-No se trata de eso. Ayer fui al medico y le conté lo que me pasa, le dije que conocí a Silvia y enseguida empecé a perder peso, y que durante las dos semanas que desayunamos juntos mi peso se estabilizó e incluso engordé un kilo, después cuando traté de ignorarla y de no mirarla tan siquiera cuando pasaba a mi lado, volví a adelgazar. El doctor me dijo que sufría de amor, y me estaba consumiendo por no hacer caso a ese instinto, yo me reí, y le dije que si estaba loco, pero no pude hacerle ver otra cosa que la que te estoy contando – Santiago miró a una pareja que apoyada en una pared, se besaba con deseo-. Sufrir de amor, menuda idiotez.
Santiago siguió adelgazando, le costaba caminar, y su aspecto demacrado era incluso desagradable. Su mujer preocupada le insistía en que fuera al médico, pero él no quería, y la decía que no era nada.
Pero la cosa iba muy deprisa, demasiado y Santiago decidió ir otra vez al medico.
-veo que no hace caso a su instinto más vital, le veo bastante desmejorado- dijo el doctor al ver a Santiago.
-Por favor, doctor, dígame con seriedad y racionalidad lo que me ocurre, no sigo ninguna dieta, y ya he perdido mas de cuarenta kilos, si sigo así dentro de poco no podré caminar, me cuesta mucho conducir, apenas tengo fuerza, y en el trabajo no logro concentrarme
-Ya le dije su diagnostico señor Santiago, solo hay una cura para su enfermedad, y esa es no oponerse a lo natural, usted se enamoró de su nueva compañera de trabajo, Silvia, y no responder a ese amor, ignorarlo de la manera que usted lo hizo le esta consumiendo
-Bien, bien, supongamos que lo que usted dice es cierto
-¡acaso duda de mi profesionalidad! –le interrumpió el medico.
-No, no, entonces que debo hacer para volver a tener la vida que antes tenia, para volver a engordar y ser feliz otra vez
-Muy sencillo, tiene que empezar una relación con Silvia, amarla como desea desde hace tiempo, cuando desayunaba con ella ganó incluso un kilo, esa es la solución – dijo el doctor.
-Tengo pareja, y la quiero, no quiero perderla, no puedo dejarme llevar por un capricho de mis sentimientos, yo quiero querer a María Lola – dijo Santiago con tristeza.
-No tengo más que decirle. Cuando alguien enferma, de cualquier enfermedad, yo le receto medicinas para que se mejore, algunas de esas medicinas curan la enfermedad, pero dan sueño, o producen somnolencia, e incluso son fuertes para algunos estómagos –el doctor hizo una pausa- y es el paciente el que decide tomárselas o seguir con el dolor.

Santiago estaba perdido, no podía hacer daño a María Lola, ella era su mujer y él se había prometido no hacerla nunca daño, pero la situación era muy seria, y si seguía así sabia que podía morir. Esa misma noche decidió hablar con Maria Lola.
Le contó todo lo que el medico le había dicho, y le habló de sus sentimientos hacia Silvia, como la conoció y todo lo demás.
-¿te has acostado con ella?, a lo mejor te has acostado con ella y te ha pegado el sida o alguna enfermedad de esas de sexo –le dijo Maria Lola.
-No, tranquila, no me he acostado con ella, ni siquiera la he visto fuera de la oficina
-Y el medico te dijo que salieras con ella, y que pasa conmigo, pero eso no puede ser así, mañana mismo vas otra vez al medico y le exiges que te hagan pruebas de todo tipo
Al día siguiente volvió al medico y según le había dicho su mujer exigió a su medico que le hicieran pruebas de todo tipo. Y se las hicieron, pruebas para ver si era seropositivo, si tenia cáncer, anemia, sífilis, hepatitis, en definitiva todas las enfermedades que como síntoma tiene la pérdida de peso. Las pruebas tardaron unas dos semanas, y Santiago seguía perdiendo peso, tuvo que pedir la baja en el trabajo porque apenas tenía fuerza para caminar, tenía el aspecto de un cadáver y sus ojos permanecían cerrados casi todo el tiempo. Al día siguiente Maria Lola fue al medico a recoger los resultados.
-el doctor no está, se ha ido una semana a brasil a una convención de médicos muy importantes – la dijo una señorita en la recepción del hospital.
-Vengo a por unos resultados, aquí traigo una autorización para recogerlos
La enfermera paso a una sala contigua y buscó en un cajón. Al poco tiempo vino con un sobre grande en la mano.
-aquí tiene, es necesario que estos resultados los vea su medico, así que pásense mañana y el medico les atenderá.
María Lola dobló el sobre y lo metió en el bolso.
En casa con Santiago a su lado abrieron los resultados de las pruebas. Todos eran negativos, no hacía falta ser médico se leía con claridad. Santiago no tenía cáncer, ni sida, ni siquiera tenia colesterol, o falta de glóbulos blancos.
Al día siguiente el medico confirmó a Maria Lola los resultados.
-su marido esta perfectamente, no tiene ninguna enfermedad venérea, ni ningún tipo de cáncer, es mas se podría decir viendo sus análisis que goza de una muy buena salud
-tendría usted que verle doctor, esta consumido, apenas puede moverse de la cama, ya no tiene fuerzas ni para ir al baño –le dijo Maria Lola.
-No puedo hacer nada por él, no puedo recetarle nada, ni decirle nada que no le haya dicho ya a su marido, lo siento por usted señora, lo siento de veras.

Al día siguiente por la tarde Maria Lola fue al trabajo de Santiago, subió a la oficina y habló con uno de sus compañeros, le preguntó quien era Silvia, este señaló con el dedo a una joven morena, con rasgos orientales. María Lola bajó de nuevo hasta la entrada y esperó a que Silvia saliera.

-tu no me conoces –la dijo mirándola de frente-. Soy la hermana de Santiago, ¿sabes de quien te hablo no?
-Si –dijo Silvia sorprendida-. ¿Qué tal esta?, me dijeron que se cogió una baja por depresión o algo así, ¿Qué le ocurre?
-Si, se murió su madre y no lo superó muy bien, ¿tú te llevabas muy bien con él no?
-Si, ¿Por qué lo preguntas? –dijo Silvia.
-Me ha pedido que te diga que esta enamorado de ti
Silvia enrojeció, y esbozó una sonrisa que apresuró a tapar con una de sus manos.
-no me lo puedo creer –dijo al fin.
-Si, entiende que él ahora está pasando un mal momento por lo de su madre, y no quiere perderte – Maria Lola tenía los ojos cristalinos, estaba a punto de llorar-. Entonces me ha pedido que te diga esto, no tienes que decir nada, solo quería que lo supieras
Las dos se quedaron calladas durante algunos segundos.
-vaya, es fantástico –dijo Silvia-. Coincidimos durante algún tiempo en los desayunos y tu hermano me pareció un hombre muy interesante, me enamoré de él en esos desayunos, después le propuse varías veces quedar para tomar algo fuera de la oficina, pero siempre me decía que no, después dejó de hablarme y pensé que no quería nada conmigo, ¿es verdad que esta enamorado de mi?
Maria Lola tenia un nudo en la garganta que apenas la dejaba hablar.
-si, es verdad, si quieres llámale, estará encantado de hablar contigo, tengo que irme
Y sin dejar a Silvia despedirse María Lola salió corriendo dejando tras sus pasos la felicidad de aquella chica.

Cuando llegó a casa su marido estaba tumbado en la cama, como las últimas semanas, tenía la tele puesta pero sus ojos estaban cerrados, apenas tenía fuerzas para abrirlos.
María Lola se sentó en la cama y con una mano agarró la mano de Santiago, con la otra se limpiaba las lagrimas que salían de sus ojos.
-he hablado con Silvia –dijo.
Santiago abrió los ojos como hacia días que no hacia.
-¿Por qué? –preguntó, hablaba con un hilo de voz.
-Tienes que verla, me ha dicho que te quiere, que le gustas, ella esta enamorada de ti
Al decir estas palabras Santiago iba recibiendo pequeñas dosis de fuerza, que le empujaban a volver a vivir, Silvia le quería.
-ya lo sé, ella me lo dijo, pero yo dejé de hablarla, no quería estar con ella
-¡pero te estas muriendo! –gritó Maria Lola-. Tienes que hacer algo
-yo te quiero a ti, te quiero María Lola, te amo, te amo, no puedes entender eso, no quiero estar con ninguna otra mujer, te quiero a ti
El teléfono interrumpió la conversación de ambos. Maria Lola se levantó de la cama y contestó, era Silvia.
Maria Lola cogió el teléfono inalámbrico y lo llevo hasta la habitación donde estaba Santiago.
-toma es Silvia –dijo dándole el inalámbrico.
-no quiero hablar con ella
-¡tienes que hacerlo! –dijo María Lola furiosa.
Santiago cogió el teléfono y tras unos segundos y después de mirar a su esposa colgó la llamada.
-te quiero –dijo y el teléfono cayó de la mano de Santiago, golpeándose contra el suelo.
La televisión estaba puesta, y los reflejos alumbraban el brazo de Santiago que colgaba de la cama.

La gente de su alrededor creyó que Santiago había muerto de cáncer, de alguna enfermedad incurable. La gente que lo conocía bien, simplemente pensó en algo sobrenatural, algo sin respuesta. Y luego está Germán, el mejor amigo de Santiago. Cuando sale a echar una canita al aire, su principal arma para conquistar a las chicas, es contar la historia de su amigo Santiago, un amigo que murió por amor.

© Sergio Becerril 2008

Una Coca-Cola - Relato 24

UNA COCA-COLA

El frio suelo, parece como si estuviera andando sobre placas de hielo, y el tacto del pijama me incomodan, acabo de levantarme de la cama para orinar. Son las tres de la madrugada, y otra noche más sin poder dormir bien. Esta vez no son los dolores físicos, esta noche mi cabeza quiere pensar. Mientras orino pienso cual es el motivo por el cual sentimos el suelo tan frio cuando andamos descalzos, una vez leí que al parecer las plantas de los pies no son un buen conductor de temperatura, de manera que la frialdad del suelo no puede pasar al resto de nuestro cuerpo, esto hace que la sensación de frio sea muy intensa. Hay que ver, me muero y yo pensando en porque notamos la frialdad del suelo en nuestros pies descalzos. Vuelvo a la cama, las sabanas están medio rotas, el nombre está casi borroso. Los ronquidos del hombre que tengo a mi lado me dicen que la noche no está siendo igual para todos. La sabana no está fría, noto su calor, en esta noche solo abrigarme, taparme con las desgastadas ropas me tranquilizan. Ojalá tuviera sueño.
No ha pasado más de una hora cuando me levanto a dar un paseo, los pasillos están iluminados por las luces de emergencia, al pasar por el mostrador de control la enfermera duerme cruzada de brazos sobre la silla, tiene la boca a medio abrir y su pelo cae sobre los hombros, tiene el pelo moreno y rizado, se parece a Olivia, a ella también le cae el pelo sobre los hombros, y en la parte de la espalda a veces se forman tirabuzones, muchas tardes metía mi dedo entre sus rizos, así la sentía cerca. Camino hasta el final del pasillo, allí hay unas escaleras, sentado en la primera está Carlos, todas las noches sale a fumarse un cigarro, los médicos dicen que se muere y que no fume, pero el solo parece hacer caso a lo primero.
-Otra noche más –dice Carlos.
-Más bien otra noche menos –digo.
-¿Qué tal estás? – dice Carlos.
-bien, espero mi momento, he estado esperando mucho tiempo, no me cuesta esperar un poco más
-¿lo deseas?
-Al fin y al cabo todos tenemos el mismo final, más tarde o más temprano tiene que suceder, he vivido más de lo que me gustaría, y esto solo es anticipar algo que va a ocurrir sí o sí
Los dos callamos, no entiendo a Carlos, él, en más de una ocasión me ha confesado su pánico al momento, está recibiendo terapia psicológica, no aguanta lo que le está sucediendo.
-¿Es cierto que podías haberte curado?
-No, eso dicen los médicos, pero yo no los creo. No me gusta estar aquí, a pesar de lo que parece, en realidad no tendría que estar aquí, nunca debería haber estado –digo mientras me levanto y dejo a Carlos terminando su cigarrillo.
Camino hasta el final de la planta, allí hay una maquina de refrescos y otra de comida, apenas quedan sándwiches, las visitas de hoy han acabado con ellos, unos se alimentan y otros se mueren, son los contrastes vitales.
Supongo que si podía haber evitado esta situación, si hubiese querido claro, sin embargo no encuentro ningún motivo para no morirme.
Sólo hay que dejar de pensar, no pensar en que va a suceder, alejar los sentimientos de la razón, eso e ignorar este mundo, ignorar las tostadas, ignorar el aire, ignorar a quien se preocupa por ti, a quien te quiere, a quien no te quiere, ignorar el avance, el éxito, el calor, la ternura, la ambición, hay que aprender a ignorar para que no te de pena abandonar tu existencia, dejar de respirar, y al fin y al cabo desaparecer para siempre.
Hay una ventana abierta, entra algo de frio, se escucha el ruido de algunos coches pasando por la autopista, van veloces huyendo del amanecer, es noche de sábado, no oigo las risas, comentarios, chistes, gritos que se puedan dar dentro de esos vehículos , pero están ahí, me asomo a la ventana, quiero escuchar a gente, quiero escuchar su risa, sentir su felicidad, sé que no se contagia, pero al menos sentiría que alguien sale, avanza, respira, en definitiva, vive.
El ascensor sube, seguro que es el vigilante haciendo la ronda, me escondo en una esquina, veo salir a cuatro médicos, van apresurados hacia las habitaciones, en un segundo los pierdo de vista y me vuelvo a quedar solo, meto mis manos en los bolsillos de la chaqueta del pijama, uno de ellos está roto y deja escapar mi dedo, me acerco a la ventana y la cierro.
Vuelvo a mi habitación, a sufrir los hierros y el tacto de las desgastadas sabanas, pero descubro que mi cama está ocupada por mí, cuatro médicos intentan reanimarme sin éxito, de repente algo me atrapa por mi espalda, poco a poco empiezo a alejarme de la habitación donde he permanecido los tres últimos meses, veo alejarse a los médicos, me arrastro de espaldas, mi pijama se queda delante, yo sigo para atrás, llego al final del pasillo, Carlos ya no está fumando su cigarrillo, giro, llego hasta el final de la planta, no quiero mirar a tras, ahora si tengo algo de miedo, paso por la máquina de refrescos y de comida, miro a la ventana que unos minutos antes había cerrado, está abierta, después de unos segundos todo acaba, no puede ser, tengo que despedirme. Pero es demasiado tarde, ya no existo.

© Sergio Becerril 2008

 
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